Como sacramento, mediante los ritos que se van realizando en la celebración, va produciendo en cada uno de los creyentes un efecto bien concreto: la comunión. Muchas veces hablamos de la comunión sólo porque comemos el pan eucarístico. Ciertamente que es un momento culminante. Pero no podemos reducir a esto la comunión. La celebración, sencillamente toda ella apunta a la comunión con Dios: el encuentro con los hermanos, la Palabra, la plegaria eucarística, la comunión con el cuerpo de Jesús, el dar gracias por la presencia amorosa de Dios… Es sacramento de comunión porque en él no sólo se favorece, sino que se da el encuentro vivo con Jesús. Ese encuentro que hemos de tener permanentemente con Él, se hace realidad de manera sacramental en la eucaristía.
Hablamos de sacramento de nuestra fe. Por la fe, todos los creyentes en Cristo alcanzamos la real posibilidad de un encuentro vivo con Él. Es un objetivo claro de nuestro acto de creer, que, a la vez, nos va preparando para lo que sucederá luego de la muerte: el encuentro definitivo con Dios. Esto lo hemos de vivir en nuestra cotidianidad, entonces en la eucaristía se alcanza de una manera muy intensa y sacramental: por su presencia con la Palabra y con la Eucaristía, el Señor sale a nuestro encuentro y nosotros vamos hacia Él. T Todos los ritos van apuntando hacia una expresión bien intensa de ese encuentro, cuando oímos su Palabra y, sobre todo, cuando comemos el alimento eucarístico.
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