El anuncio de la Palabra
El primer elemento o requisito de la fe es el anuncio de la Palabra. La fe no se transmite por ósmosis. Requiere un anuncio y no cualquier anuncio, sino el anuncio explícito de la Palabra de Dios. “Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. (Hch. 4, 12). Lo que debe anunciarse es la Palabra de Dios y no sólo las aplicaciones, adaptaciones y consecuencias de dicha Palabra. Si bien es cierto que el anuncio de la Palabra debe dosificarse según la edad natural y la edad espiritual de las personas a las que queremos transmitir la fe, no debemos olvidar que el contacto con la misma Palabra de Dios es la causa primera de la fe. No es poner a la persona en contacto con un libro pío, o con unas enseñanzas doctrinales buenas, para suscitar en su corazón un sentimiento piadoso o moral. Se trata de dejar que la Palabra actúe en la persona, en su corazón, pues no es cualquier palabra con la que se busca confrontar a las personas, sino que es Dios mismo, hecho Palabra que entrará en contacto con la persona. La eficacia de la que habla el autor de los Hechos de los apóstoles es de un tipo muy diverso. La eficacia de la Palabra no se mide por resultados, ni tampoco es posible establecer un camino previo, ni los tiempos pueden definirse o establecerse con antelación. La Palabra de Dios es una semilla puesta en el corazón del hombre para que germine en el tiempo y en las condiciones que Dios quiere. Los tiempos de Dios no son los tiempos de los seres humanos .
Poner al ser humano de hoy en contacto con la Palabra significa dos cosas: entender al ser humano de hoy y confiar en la eficacia de la Palabra. El tiempo impide al ser humano de hoy el realizar todos sus planes y sus deseos. No tiene la capacidad de esperar, lo quiere todo y lo quiere rápido. El tiempo es también su enemigo, pues lo aproxima inexorablemente a su destino final, la muerte, de la que quiere huir a toda costa. Y el espacio no se presenta a como el escenario en dónde se realizan los hechos. Para el hombre de hoy acostumbrado a la velocidad y a los medios de comunicación, el espacio desaparece, no es ya el lugar en dónde habitar, sino el lugar de dónde se debe huir.
Delante a estas características de nuestro ser humano moderno, presentarle la Palabra puede ser molesto o indiferente. Molesto porque de alguna manera le recuerda verdades a las que no está acostumbrado. Indiferente, porque perdiendo la capacidad de escuchar por la velocidad a la que vive, la Palabra no resuena en su corazón.
Frente a estas dificultades, quien presenta la Palabra debe conocerla y vivirla muy bien y saberla adecuar a estas circunstancias y características de nuestro ser humano. Es ni más ni menos lo que pretendía el Concilio Vaticano II cuando nos decía que al presentar una nueva realidad se debe conocer muy bien la realidad que se quiere explicar, así como el contexto al cual se quiere aplicar dicha realidad. Conocer la Palabra para transmitirla requiere que la persona que la transmite la haya hecho propia, haya hecho una experiencia de la Palabra la haya hecho vida. En la fe, no se transmiten conocimientos, sino que se transmiten experiencias. Cuando se anuncia la Palabra, este anuncio no es solamente la presentación de un escrito, sino el testimonio de una Palabra que se ha hecho vida en la persona que anuncia la Palabra. La Palabra se encarna en la vida de un ser humano y sólo así puede presentar con eficacia la Palabra. Eficacia que le viene de la experiencia que ha hecho de la Palabra y cómo la ha traducido en hechos de vida. “Es necesario, que todos/as los bautizados,consagrados/as,religiosos/as se dedican legítimamente al ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente (Lectio Divina), para que ninguno de ellos se encuentre vació de la palabra de Dios que no la escucha en su interior", debe comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina”.
La Palabra también se encarna en otros medios,, muchos de los cuales pueden presentarse con la debida adecuación al ser humano de hoy. La lectio divina permite no sólo el contacto con la Palabra, sino también la oración con la Palabra. Por ello se deberán buscar las mejores formas para introducir al ser humano de hoy a esta lectura orante de la Palabra.
La Palabra también se halla inscrita de forma singular en la liturgia, como nos lo recuerda el “La celebración litúrgica se convierte en una continua, plena y eficaz exposición de esta Palabra de Dios. La Palabra de Dios, expuesta continuamente en la liturgia, es siempre viva y eficaz por el poder del Espíritu Santo, y manifiesta el amor operante del Padre, amor eficaz para con los seres humanos. La Palabra de Dios se convierte en fundamento de la acción litúrgica, norma y ayuda de toda la vida. Por consiguiente, la acción del Espíritu va recordando, en el corazón de cada uno/a, aquellas cosas que, en la proclamación de la Palabra de Dios, son leídas para toda la asamblea de los fieles, y, consolidando la unidad de todos, fomenta asimismo la diversidad de carismas y proporciona la multiplicidad de actuaciones”.
Es necesario que sepamos presentar la Palabra de forma que el ser humano se enamore de ella y quiera constantemente estar al lado de ella, porque la considera parte esencial de su existencia. Muchas veces quien presenta la Palabra tendrá que hacer primeramente esta labor en sí mismo de dejarse cautivar cada vez más por la Palabra. Acercar a un ser humano a la Palabra es presentarse muchas veces como Moisés ante el espectáculo de la zarza ardiente. Moisés se asombraba de que la zarza no se consumiera “Al ver que la zarza ardía sin consumirse, Moisés pensó: «Voy a observar este grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?” (Ex. 3, 2 – 3). De la misma manera quien presenta la Palabra debe asombrarse de los prodigios que ella puede obrar en una persona, viendo como se consume por la Palabra, sin desaparecer del todo.
La Palabra también se hace belleza. La Palabra se hace piedra en la catedral y color en los cuadros. No debemos descuidar esta oportunidad de presentar la Palabra hecha arte a los ciudadanos que proviene de aquellas obras que han sabido unir la armonía de todas las formas hasta provocar ese sentimiento de plenitud que llevan al interior del ser humano cuando las contemplan, el ser humano de hoy no deja de sentir un escalofrío ante la presencia de la belleza. Cuando esta belleza representa la Palabra, nos encontramos ante una oportunidad magnífica para ponerlo en contacto con la Palabra. Si la belleza abre su corazón, éste se puede encontrar preparado para recibir el impacto de la Palabra, bella por sí misma. Muchas catequesis, o introducciones a la fe, están teniendo lugar a través de peregrinaciones a los sitios de arte y a la catedral.
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