Una buena relación formativa comporta ternura y afecto y, al mismo tiempo, razonamiento y autoridad. El papá y la mamá, han de estar cerca de sus hijos y cultivar el diálogo con ellos. Padres, generosos con sus hijos, sin ser permisivos; sean exigentes sin ser duros; sean claros con ellos y no se contradigan; sepan decir sí o no en el momento oportuno. Sean coherentes y denles buen ejemplo. Así podrán ayudar a sus hijos a madurar una personalidad equilibrada, constructiva y creativa, sólida y fiable, capaz de afrontar los retos y las pruebas de la vida, que nunca faltarán.
La formación de los valores humanos y cristianos se requiere la familia fundada en el matrimonio monógamo y abierto a la vida; se requiere la familia unida y estable. Los esposos que, no obstante la fragilidad humana, buscan con la gracia de Dios vivir cada vez más coherentemente el amor como don total de la propia vida del uno al otro, construyen su casa sobre roca ( Mt 7,24-25); hacen de su familia un Evangelio viviente; edifican la Iglesia y la sociedad civil; reflejan en la historia la presencia y la belleza de Dios que es unidad de tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
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