"Christus".
La letra “C”, en esa letra “C” la palabra caridad. Primera cualidad, primera virtud, la que abre el lenguaje de todo este tratado es la caridad. La Eucaristía es un asunto de amor, sólo el amor hizo posible la presencia del Cuerpo de Cristo en nuestra tierra, y sólo ese amor hará posible que nuestros cuerpos glorificados estén con Él en el Banquete de los Cielos.
Lo primero que se necesita, lo primero que ha de estar vivo para entender el lenguaje de la Eucaristía es la caridad, y si no existe esa caridad no se la puede reemplazar ni con mucha inteligencia, ni con muchos libros, tratados, erudición, o lo que sea. Es un lenguaje de amor.
La Eucaristía es la expresión más pura, la más patente, la más intensa del amor de Jesucristo, como esa es la señal que este Amado le da a su amada, que es la Iglesia, entonces la Iglesia necesita reconocerse amada y disponerse al amor. Un lenguaje de caridad, un lenguaje de amor.
Hay señales que han preparado este amor. Toda la historia de la salvación es una historia de amor, pero no basta con que la historia que se cuenta en la Biblia sea una historia de amor, es necesario haber leído la propia vida como una historia que también es de salvación, como una historia que también es historia de amor.
Las almas eucarísticas son almas que se sienten amadas, son almas que de algún modo se proclaman, no por institución humana sino por acción del Espíritu como embajadoras de la Iglesia amada; cada persona que se acerque a comulgar, acérquese porque se siente amada, y acérquese como embajadora de toda la Iglesia, amada para recibir amor.
La caridad con todas sus delicadezas, la caridad también con toda su fuerza, la caridad con toda su elocuencia. La caridad es delicada, tal vez es la flor más delicada. Al confesarnos hemos podido comprobar algo, ciertamente el Espíritu Santo obra en todo el pueblo de Dios, es el Espíritu el que mueve a la conversión, es el Espíritu el que instruye y forma es el Espíritu el que perfecciona la ofrenda y completa la obra.
Atrás han quedado muchos pecados, ha sido virtud de Dios y ha sido correspondencia a la gracia en las personas; han dejado la mentira, el orgullo, han dejado todo género de impureza y deshonestidad, han dejado toda codicia, han querido conformar su vida a la voluntad de Dios, pero siempre hay una virtud que queda herida, la caridad. Siempre ha faltado más amor.
La caridad es la virtud más excelsa y por eso también la más delicada, aún los corazones más generosos, los más puros, los más sinceros, los más pobres y los más consagrados, siempre tienen algo que acusarse en esta virtud, esto indica el tamaño y la importancia que tiene la caridad dentro de la Iglesia, y esto indica cómo la caridad es el único lenguaje con el que podemos entendernos completamente con Jesucristo.
El idioma que habla Jesucristo no es tanto el arameo, ni el latín, ni el griego, el inglés, o español; el idioma que habla Jesucristo es caridad, y el que no haya aprendido este idioma, no le entenderá nada, mucho menos le entenderá el lenguaje precioso de la Eucaristía.
La “C” está la letra “H”, en la palabra "Christus", el nombre de Cristo dicho en esa lengua, en latín. Si utilizamos el latín es solamente porque "Christus" nos sirve de recordatorio de estas virtudes o cualidades Se imaginan cuál será la virtud de esta "H", la humildad. Humildad que tiene su raíz en la palabra “humus” que significa tierra; la mejor manera de ser desagradecidos es no recordar de dónde venimos.
Una vez que hemos olvidado nuestro origen, una vez que hemos olvidado de dónde nos ha sacado Dios, olvidado eso, creemos que todo lo merecemos; y si hay un método eficacísimo para no aprovechar nada el Santísimo Sacramento es ese, creer que se le merece
Si nos acercamos a la Eucaristía y perdemos el sentido de la distancia, perdemos el sentido del don; cuanto mejor percibamos la distancia infinita entre Dios y nosotros, mejor percibimos el tamaño del regalo que nos está haciendo. Por eso las almas eucarísticas, las almas de verdadera adoración a este Santo Sacramento son almas profundamente, infinitamente humildes.
La vida entera de Jesucristo está escrita en clave de humildad. Se revela primero a los pastores y a los extranjeros, y los que estaban ahí al pie y los que creían que tenían derecho de conocerlo, se quedan sin verlo.
Anda siempre en compañía de pobres, de los marginados, de los humillados; anda en compañía de los que no cuentan, y escoge entre sus discípulos a gente que no significaba ni representaba nada en esa cultura y en esa sociedad. La muerte que tiene es muerte de malhechor, y hundido en el sepulcro, parece haber desaparecido de esta tierra; toma luego como primera testigo a una mujer despreciable por su pasado, y pone en boca de esos mismos hombres, pobres e iletrados, la noticia más grande del Universo.
O sea que Cristo no puede darnos más pruebas de que ama la humildad y de que revela sus secretos a los humildes, por algo dice el Apóstol San Pedro, "que Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” 1 Pedro 5,5.
El sacramento eucarístico es el sacramento de la gracia, el sacramento por excelencia de la manifestación de la gracia, indudablemente ha de ser el sacramento de nuestra humildad, humildad que es acordarse simple y sencillamente de la verdad de lo que somos, recordar quiénes somos, de qué estamos hechos, de qué familia y de qué pasado venimos, de cuántas cosas nos ha sacado, nos ha salvado el Señor. Recordar eso, recordarlo con gratitud y sencillez ante Él, indudablemente será una excelente preparación para gozarnos en el tamaño de su regalo.
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