domingo, 22 de junio de 2014

Secuencia

“Recuerda el camino que Dios te ha hecho recorrer” Deuteronomio 8,2. Haz memoria de tus días, de tus meses, de tus años. Haz memoria para no perder la enseñanza, porque del pasado la nostalgia es inútil, el resentimiento es perjudicial, la vanagloria es un estorbo. Lo único que sirve del pasado es la enseñanza.
“Recuerda el camino que Dios te ha hecho recorrer” Deuteronomio 8,2, le dijo Moisés a los israelitas y digo yo hoy a ustedes. Saca la enseñanza de tus días, no sea que los estés viviendo en vano; saca provecho de tus años, no sea que los estés perdiendo; saca utilidad y fruto de tu camino, no sea que estés dando vueltas en el mismo sitio.
“Recuerda el camino que Dios te ha hecho recorrer” Deuteronomio 8,2 significa: cuidado con estar dando vueltas en el mismo sitio, cuidado con estar perdiendo el tiempo, el único tiempo que tienes; cuidado con estar desperdiciando tu tesoro, que no son tus monedas ni tus títulos, sino la vida.
¿Y qué quiere Moisés que los israelitas aprendan de esos años y de ese camino? Quiere que aprendan a distinguir dos tipos de hambre, dos géneros de hambre, porque el ser humano por sus propias fuerzas únicamente conoce y reconoce un tipo de hambre, la que le lleva a acercarse a la naturaleza, tomar sus frutos, sacrificar sus animales y saciar su apetito.
Este sacramento es como la fibra más sensible, podríamos decir, de la Iglesia, ningún otro está tan protegido por la teología, por la legislación, por la tradición, por la costumbre de la Iglesia.
Así como el Sagrario es el lugar más protegido de la iglesia, del templo, así también el misterio eucarístico, es el secreto, un secreto visible, el secreto más protegido, el más custodiado de la Iglesia; pero ni aún así se salva del resfrío de la indiferencia, ni aún así se salva de las manos, a veces descuidadas, a veces ignorantes de nosotros los sacerdotes.
Ni aún así se salva de ciertas teorías o teologías, que sintiéndose incapaces de admitir tanto amor, recortan lo principal del misterio para dejar de la Eucaristía sólo una especie de encuentro amigable entre creyentes.
Y claro que es el encuentro más amable y más amigable, y claro que es la Cena más fraterna; pero no por eso deja de ser lo que es: la presencia siempre nueva, siempre actual del sacrificio de Jesucristo, el hontanar mismo, manantial mismo de su gracia, el preludio más claro que tenemos en esta tierra del Banquete de los Cielos.
Mirando cómo comulgan los fieles cristianos y mirando cuántos no comulgan, es necesario que nosotros, como amigos de Jesús, nos unamos a su Corazón herido y sangrante y podamos sentir en el palpitar de ese Corazón, un amor que no es correspondido, como varias veces lo ha manifestado el mismo Cristo a algunos de sus santos.
Si no nos interesan los intereses de Cristo, si eso no nos interesa en este misterio, nada de Cristo verdaderamente llegará a ser importante para nosotros.
Pensando en estas cosas, encontré como una secuencia, podríamos decir, como una lista de cualidades deseables, de preparación deseable para recibir, para celebrar y para proclamar este misterio, el misterio eucarístico, el centro de nuestra fe.
En el momento más solemne de la Misa, el elogio que se hace de la Eucaristía y la proclamación que se hace de ella, es: "Este es el sacramento de nuestra fe".

No hay comentarios:

Publicar un comentario