Por razones obvias. La Cruz es la derrota, la Cruz es el fracaso del demonio, por eso, la alegría que se acerca al gozo de Cristo dándole gloria a Dios y dando la salvación al mundo en la Cruz, la alegría que se aproxima a la Cruz, no sólo es más profunda, no sólo es más firme, no sólo es más pura, sino que también está mejor defendida.
Además, tiene menos competencia, porque las alegrías exteriores, superficiales, materiales, corporales, algunas de las cuales son buenas, nadie está ahí diciendo que haya que condenarlas, pero esas tienen mucha competencia. Me refiero a la persona que con un corazón purificado por el fuego de Dios, no prefiere la fama, sólo por una razón, porque mi Señor fue deshonrado.
He vivido lo que es escoger un mal, un dolor, una incomprensión, una soledad, un silencio, una súplica no escuchada, escogerla y escogerla solamente por una razón: porque así es mi Señor.
Cuando eso me ha sucedido, que no es mérito mío sino obra de Dios, puedo dar testimonio, esa alegría es más grande que todas las otras. El punto, cuando el Espíritu Santo susurra en el alma y deja caer una gota de su maravillosa acción, cuando deja caer una gota de esas en el alma y nos da la certeza de que Dios en ese instante, en esas circunstancias, en ese momento quiere que participemos de algo de la Cruz.
En ese momento, con una libertad soberana, sin presión alguna, con una paz profunda, con una gratitud, como decíamos en la otra predicación, con paz, sin recriminar nada a nadie, más bien sintiendo que uno ha sido elegido, uno dice: "sí, escojo la Cruz, sí por Él, por mi Amado, por mi Amado que me amó primero, por Él prefiero eso".
Es una sensación de un gozo profundo, duradero, limpio, luminoso y protegido, defendido, porque mientras que los otros bienes, que también son buenos, ¿y a quién no le gusta recibir de los otros bienes?
Los bienes de cerca de la Cruz, así lo dice San Juan de la Cruz, se parecen a un paraíso, son paraíso del cristiano.
Porque cuando Adán se paseaba por el Paraíso, podía gozarse de toda esa belleza para los ojos, de toda esa dulzura para el paladar, de toda esa amenidad, podía disfrutar de todo ello, no había competencia alguna, todo bueno y todo para él.
Algo así es lo que sienten los que movidos por el Espíritu Santo, no por trampas de la psicología humana, sino movidos por el Espíritu Santo, se acercan al árbol de la Cruz. Ahí hay libertad, ese es el camino de la libertad, ese es el camino de la alegría que nunca acaba, esa es la alegría de la que dijo Cristo, "Les daré una alegría que nadie se las podrá quitar" San Juan 16,22.
Todos los bienes de la Cruz son limpios, bellos, dulces, nutritivos nadie compite por ellos, nadie pelea por ellos; están limpios, están bellos.
Como dice otra gran amadora de la Cruz, Santa Catalina de Siena: "Todos ellos gozan del aroma, de la dulzura, de la belleza de la presencia de Cristo"; saben a Cristo.
Este día para pedir la alegría espiritual, rogamos del Señor que sea el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo el que nos dé la alegría, y que sea esa alegría, la alegría de la Cruz, la que nadie nos puede quitar, la que no tiene nada que temer, la que está protegida, alejada de todo intento del enemigo.
Juan Bautista, vivió esa alegría, porque la vida de Juan fue una vida crucificada. Cuando lo encarcelan dice: "Que Él crezca y que yo disminuya. Mi alegría es completa" San Juan 3,30, un hombre que tenía el corazón crucificado, antes de que se anunciaran las grandezas de la Cruz de Cristo.
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