miércoles, 11 de junio de 2014

Victoria

La oración de Cristo no puede fallar. Desde luego que Dios Padre le dio ese vestido de gloria,  Dios Padre le dio esa victoria, esa victoria envolvió el cuerpo de Cristo que estaba sin vestido.  Cristo se había quitado todo vestido de su alma, que está desnuda, y de su cuerpo, porque las ropas se las arrancaron.
Cristo, desnudo en cuerpo y alma, recibe ahora el vestido del Padre celestial;  Cristo desnudo en cuerpo y alma es, al mismo tiempo, la humanidad nuestra, la humanidad nuestra que ha quedado despojada de la amistad con Dios y que muere de frío.
Cuando llega entonces este vestido de gloria para Cristo, esa es la Pascua; cuando el Padre Celestial reviste a su Hijo que estaba desnudo y que estaba frío; cuando el Padre Celestial abraza, vivifica y levanta a su Hijo, al mismo tiempo y con el mismo acto levanta a nuestra humanidad caída.
El amor con el que el Padre Celestial amó a su Hijo, es el mismo amor con el que lo resucitó, es el mismo amor con el que lo vistió de gloria, es el mismo amor con el que nos salvó entonces a todos nosotros. Así nos amó Dios. Ese es el tamaño del amor de Dios, eso es salvarnos, eso es revivirnos, eso es rescatarnos, hacer eso por nosotros.
Amarnos a nosotros con el mismo amor con el que amo a su Hijo; vestirnos a nosotros con el mismo vestido que le dio a su Hijo; compadecer en su Hijo lo mismo que le causaba compasión en nosotros; sentir pesar de su Único, de su Unigénito con la misma misericordia que sentía por nosotros; unirnos, fundirnos, abrazarnos en Él.
 El Evangelista lo describe, “Ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenia cerca de ti, antes que el mundo existiese” San Juan 17,5.

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