jueves, 5 de junio de 2014

Guardares

 
“Si me amáis, guardares mis mandamientos” San Juan 14,15. Me parece que esta frase, sobre todo la entendemos, es decir, solemos entenderla en esta forma: para yo saber si ustedes me aman, voy a ver si ustedes guardan mis mandamientos, y si veo que no guardan mis mandamientos, quiere decir que no me aman.
La grandeza de Jesús no es un despliegue de vanidad, sino un despliegue de misericordia, y por eso se necesita como descubrir uno sus propias necesidades, para ir descubriendo cómo Jesús es esa presencia que va llenando nuestros vacíos, que va sanando nuestras heridas. En la medida que uno va descubriendo esas necesidades se hace más capaz de descubrir a aquel que las va a llenar, es lo mismo que pasa con los médicos, es una comparación muy frecuente cuando hablamos de Cristo. Cuando uno pasa por una enfermedad, Dios nos libre, de una enfermedad muy grave, y de pronto, en un cierto hospital, un determinado especialista tiene la capacidad de devolverle a uno la salud, uno se llena de admiración y de agradecimiento.
Seguramente si uno no ha pasado por esa experiencia, pues sabe que hay una serie de personajes que usan batas blancas por los hospitales, pero no siente ese cariño.
El cariño por Cristo, la admiración, la amistad intima con Él siempre va ligada a descubrir uno las propias llagas, por eso decía una Santa muy grande, una mujer muy profunda, de alma muy hermosa, llamada Santa Catalina de Siena, decía que el camino de la vida espiritual empieza siempre por el conocimiento de uno mismo, porque es ahí donde uno va percibiendo esas necesidades, enfermedades, o llagas, o como las que queramos llamar. La gente pobre se cansa, se desespera, y la gente mayor se desilusiona y se entristece, tampoco es un problema de edad; la gente culta a veces se llena de orgullo y rechaza la religión y rechaza a Dios y rechaza todo, pero la gente sencilla a veces en su rudeza tampoco cree que Dios tenga gran cuidado de ellos, o sea que tampoco es asunto de educación, es un asunto que acompaña al ser humano; y por eso, como la enfermedad es tan general, el remedio también tenía que ser para todos, y eso es lo que nos ha ofrecido Jesucristo.
Dice el Evangelio que Él enseñaba como con una autoridad, como que esa palabra de Él penetraba en la gente, como que era un discurso del cual uno no se podía escapar, una palabra que uno no podía dejar pasar.

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