miércoles, 26 de febrero de 2014

Anhelo

 
En el capítulo diecinueve de levìtico,se nos invita a la perfección de Dios: "Sed santos, dice el Señor, sed santos, porque yo soy santo" Levítico 11,44.
Un eco muy parecido encontramos en el capítulo quinto del evangelio según San Mateo, continuación del Sermón de la Montaña, donde Cristo nos invita a ser perfectos, y nos dice: "Sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre Celestial" San Mateo 5,48. La perfección de Dios.  La Primera Carta a los Corintios,en el capítulo tercero, pone como referencia a Jesucristo, y nos invita a todos a descubrir en Cristo la fuente de nuestra salvación, dice San Pablo: "Todo es vuestro; vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios" 1 Corintios 3,23.
 Se plantea como un ascenso, para que nosotros miremos a quién nos debemos: a Cristo el Salvador, y cómo, a través de Cristo, todo en realidad tiene su fuente en nuestro Padre Celestial.
Estas lecturas son exhortaciones muy fuertes, muy vigorosas, para que miremos hacia lo alto, para que descubramos la santidad como nuestro horizonte de vida, para que descubramos la perfección como el anhelo más entrañable de nuestro ser, y para que descubramos que el camino que nos lleva hacia allá se llama Jesucristo.
Ese camino también es el camino del amor. En el Levítico, capítulo diecinueve, encontramos esta invitación: que amemos a nuestro prójimo, pero la palabra prójimo, en el libro Levítico, tiene un sentido muy restringido, si se quiere.
Se trata básicamente del pariente, se trata del que es cercano a través de la carne y la sangre, por eso se habla también de la necesidad de corregir a nuestros parientes, "para no cargar con su pecado" Levítico 19,17, dice el libro Levítico.
Pero aquí hay un detalle: cuando nos vamos al evangelio encontramos también un mandamiento de amor, pero un amor que ya no se limita únicamente a las personas inmediatas, es decir, a los que conocemos, a los que nos quieren a nuestros amigas o a nuestros parientes.
Jesús da un salto maravilloso realmente ubicándonos en la esfera de la perfección de Dios, porque nos dice que amemos a nuestros enemigos, es una cosa como inconcebible. Si en el Levítico el amor queda restringido a las personas que son como nosotros, pues en el evangelio somos invitados a amar también a los que piensan distinto, a los que obran distinto, a los que incluso nos causan daño.
La única manera de entender este mandamiento es sintiendo en nosotros la misma vida de Dios. Esto es lo característico del Sermón de la Montaña, que hemos venido escuchando desde hace unos domingos, desde que oímos aquel texto precioso de las bienaventuranzas.
Las bienaventuranzas mismas también son un imposible, como esto de amar a los enemigos, que le digan a uno: "Bienaventurados los que lloran" San Mateo 5,5, bienaventurados los que tienen hambre y sed" San Mateo 5,6, bienaventurados los pobres" San Mateo 5,3, es como una contradicción.
Pero aquel que tiene el Espíritu de Jesús, aquel que se sabe renacido del amor del Padre Celestial entiende estas palabras, y entiende que solamente a través de un amor generoso, de un amor sin condiciones puede renovarse la creación y alcanzar su finalidad propia, su perfección para la que Dios la creó

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