Y así como nadie le criticaría al general vencedor que traiga al general vencido, sino al contrario diría: "Ése vencido es gloria tuya", así también, las Llagas de Cristo, en su cuerpo, y los pecados vencidos por Cristo, en su cortejo, no son una humillación de Cristo, sino una gloria de Cristo.
Cuantos más pecados vencidos, más largo, más esplendoroso, más hermoso el cortejo de Nuestro Señor; cuanto más grande ha sido su perdón, cuanto más grande ha sido su piedad, cuanto más grande su misericordia, mayor y mayor y mayor su cortejo, hasta el punto de que llegamos a creer que es el Universo entero el que forma cortejo con Cristo, y Él sube con el Universo entero al Padre Celestial.
Por esta razón, esos pecados ya vencidos, son como generales derrotados que van ahí, haciendo fila detrás de Cristo, sólo para decir, con su misma humillación: "A mí me ganó el Señor Jesús, y Él es el único Rey".
Por eso, los pecados que hubiera cometido Esteban y los pecados que hubiera cometido Pablo, no son afrenta ni de Esteban ni de Pablo, porque esos pecados están metidos en el cortjo de Cristo y son una proclamación de la gloria de Jesucristo; y está la gente tan ocupada bendiciendo a Jesucristo, que no tiene otro oficio, que no tiene otra ocupación como para meterse a ver qué fue lo que pasó.
¿A quién le intersa que el general vencido haya hecho cosas grandes en otro tiempo? Ahora lo ves, ahí, humillado, sucio, polvoriento; ahora ves que ése es el vencido, ¡qué importa lo que haya sido!
¡Qué importa que el pecado alguna vez haya tenido poder! ¿Qué importa que alguna vez haya pretendido adueñarse de mi alma, si ahora, humillado por Jesucristo, tiene que hacerle cortejo a Cristo y tiene que proclamar la gloria de Jesucristo?
La Iglesia primitiva estaba tan convencida de esto, y la Biblia entera está tan convencida de esto, que no tiene dificultad alguna en contarnos los pecados, y por eso nos presenta las faltas de David, y nos presenta la incoherencia de Pedro, y nos presenta la vida pasada de Pablo; no tiene problema en decirlo, todo eso es cortejo triunfal de Todo eso es adorno de su gloria, todo esto es alabanza suya, ya aquí en la tierra cuando lo cantamos, y luego para la eternidad en los cielos.
Cuando los generales antiguos de todas estas naciones venían de la guerra, traían en su cortejo a los vencidos, y desde luego, encadenado, apresado, humillado, traían, si tal cosa era posible, al general o al jefe del ejército enemigo.
Ver llegar entre cadenas, sucio, herido, polvoriento al general enemigo, y adelante, en carroza, llena de belleza y de música, al general vencedor. El vencedor y el vencido. Cortejo de prisioneros de guerra y especilamente de capitanes, o centuriones, o generales vencidos; esa es la misma gloria del general vencedoror; la gloria del vencedor es el cortejo de vencidos.
Esta imagen la toma San Pablo para decir que algo así hizo Cristo en la Cruz. Cristo en la Cruz, cuando vence, y luego, cuando asciende a los cielos, ya no va solo, va con un cortejo, incorporó a su cortejo a todos los generales vencidos, empezando, desde luego, por el príncipe de este mundo; ahí va vencido.
Nuestro Señor Jesucristo.
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