viernes, 7 de febrero de 2014

Confianza

 
 Gran enseñanza  que no sea dolor por el pecado, con alegre confianza en la misericordia de Dios, en la Sangre de Cristo, en el don del Espíritu. Para nosotros también hemos sido bautizados, el agua ha sido santificada por el Cuerpo de Cristo, y desde entonces muchos hombres y mujeres hemos nacido del agua y del Espíritu a la vida divina.
 “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto” San Mateo 3,17. Dios es feliz bautizando gente, porque es Dios el que bautiza, el sacerdote o el ministro es sólo un instrumento ahí.
Dios es feliz bautizando gente porque es feliz viendo en en cada bautizado a éste, su Hijo, su amado su predilecto.
Dios el día que nos bautizó pronunció sobre nosotros esta misma frase: “Este es mi hijo, mi amado, mi predilecto”, seguramente lo dijo, con certeza lo dijo: “Esta es mi hija.”
De manera que una enseñanza también para nosotros es: ¿qué hemos hecho nosotros de nuestra adopción filial? ¿Puede Dios pronunciar cada día en nosotros eso? ¿Puede Dios, al vernos dormir, al vernos hablar, al vernos jugar, al vernos estudiar, al vernos trabajar, puede siempre Dios decir "este es mi hija, este es mi hijo? ¿O hay momentos en que Dios tiene que apartar su mirada y sus manos de nosotros y decir: “No os conozco”?
Jesús evidentemente es santo, desde el primer momento de su existencia en el vientre de María, santo, santo sobre toda ponderación, santo sobre las más altas legiones de Ángeles, santo incluso sobre la santidad de su propia Madre, la Santísima, la Virgen María; sin embargo, este Jesús recibe don del Espíritu para su misión particular.
No nos fiemos ni de nuestros conocimientos, ni de nuestros sentimientos, ni de nuestras experiencias, ni de nuestras virtudes, ni de la santidad que pudiera haber, de nada de eso nos fiemos a la hora de emprender una tarea.
Nosotros necesitamos del Espíritu no sólo para esa misión particular, sino para consolidarnos en la virtud; y aún antes, para ser limpios de pecado, de manera que nosotros triplemente necesitamos esta gracia del Espíritu.
Como enseñanza para nosotros, tomemos esa consigna: ni un paso, ni una obra, ni una tarea hagamos sin ponerla bajo la protección, bajo el poder, bajo la unción del Espíritu Santo. Sólo con esta unción las cosas alcanzan su objetivo, de resto no es que sean malas, pero probablemente no van a tener ni la fuerza, ni la utilidad, ni la belleza que Dios quería de ellas
2. Lo que hay en Jesús no es una fuerza magnética, no es una concentración en su mente, no es un problema de ondas cerebrales. Lo que hay es una gracia fantástica, desbordante, irreprimible, irreversible, un amor incontenible que se ha vertido en Él por parte del Padre Celestial, para que todos nosotros tengamos vida en su Nombre.
Por eso dice la primera Carta del Apóstol San Juan,-para que se vea que en la Biblia hay frases audaces-: "Y como Él es, así somos nosotros" 1 San Juan 4,17.
Esto quiere decir, mis amigos, que hoy se nos acabaron las disculpas. De hoy en adelante ya no tenemos disculpa. Porque estamos acostumbrados a decir: "Sí, Jesús perdonaba a los enemigos, pero es que Él era Dios". Como quien dice: "Como Él nació de otra manera, como Él tenía otra naturaleza, como Él era distinto a mí, déjeme a mí con mis resentimientos, que yo no soy Dios". Se te acabó la disculpa; ya no puedes decir eso.
Jesús perdona a los enemigos, sana a los enfermos, expulsa los demonios, penetra con su Palabra los corazones, no porque tenga ningún entrenamiento especial, ni porque esté hecho de otra pasta que nosotros.

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