sábado, 8 de febrero de 2014

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Vivimos en una época de crisis que afecta a muchas áreas de la vida, no sólo la economía, las finanzas, la seguridad alimentaria, el medio ambiente, sino también la del sentido profundo de la vida y los valores fundamentales que la animan. La convivencia humana está marcada por tensiones y conflictos que causan inseguridad y fatiga para encontrar el camino hacia una paz estable. En esta situación tan compleja, donde el horizonte del presente y del futuro parece estar cubierto por nubes amenazantes, se hace aún más urgente el llevar con valentía a todas las realidades, el Evangelio de Cristo, que es anuncio de esperanza, reconciliación, comunión; anuncio de la cercanía de Dios, de su misericordia, de su salvación; anuncio de que el poder del amor de Dios es capaz de vencer las tinieblas del mal y conducir hacia el camino del bien.

El hombre de nuestro tiempo necesita una luz fuerte que ilumine su camino y que sólo el encuentro con Cristo puede darle. Traigamos a este mundo, a través de nuestro testimonio, con amor, la esperanza que se nos da por la fe. La naturaleza misionera de la Iglesia no es proselitista, sino testimonio de vida que ilumina el camino, que trae esperanza y amor. La Iglesia no es una organización asistencial, una empresa, una ONG, sino que es una comunidad de personas, animadas por la acción del Espíritu Santo, que han vivido y viven la maravilla del encuentro con Jesucristo y desean compartir esta experiencia de profunda alegría, compartir el mensaje de salvación que el Señor nos ha dado. Es el Espíritu Santo quién guía a la Iglesia en este camino.
Tener la gracia de morir en el seno de la Iglesia, en el seno del Pueblo de Dios. Y este es el primer punto que yo quisiera subrayar. También para nosotros pedir la gracia de morir en casa. Morir en casa, en la Iglesia. ¡Y esta es una gracia! ¡Esto no se compra! Es un regalo de Dios y debemos pedirlo: ¡Señor, hazme el regalo de morir en casa, en la Iglesia! Pecador sí, ¡todos, todos lo somos!¡Siempre dentro! La Iglesia es tan madre que nos quiere también así, muchas veces sucios, pero la Iglesia nos limpia, ¡es madre!"

 David muere "tranquilo, en paz, sereno", en la certeza de ir "a la otra parte con sus padres". Por ello, Francisco ha afirmado que "esta es otra gracia: la gracia de morir en la esperanza, en la conciencia" de que "al otro lado nos esperan, al otro lado también continúa la casa, continúa la familia", no estaremos solos. Por ello, "esta es una gracia que queremos pedir para que en los últimos momentos de la vida sepamos que la vida es una lucha y el espíritu del mal quiere el botín", ha señalado. El Papa lo ha explicado del siguiente modo: "Santa Teresita del Niño Jesús decía que, en sus últimos tiempos, en su alma había una lucha y cuando ella pensaba en el futuro, en lo que le esperaba después de la muerte en el cielo.

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