El amor de Dios manifestado en Jesús, que entregó su vida totalmente por la humanidad y pasó por este mundo haciendo el bien, es la fuerza poderosa que vence el mal y hace que seamos hijos del mismo Padre. Jesucristo es quien ha derribado los muros de la insolidaridad, del egoísmo, de la enemistad y del odio. “Quien acepta la vida de Cristo y vive en El reconoce a Dios como Padre y siente el llamado a vivir una fraternidad abierta a todos. En Cristo, el otro es aceptado y amado como hijo o hija de Dios, como hermano y hermana y no como un extraño, y menos aún como un contrincante o un enemigo”
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