Entonces, el estudio por sí mismo, el uso de la razón, el tener una gran inteligencia o el buscar muchos conocimientos, eso no necesariamente sirve. Hay que ver cuál es la sabiduría que está buscando esa persona.
Hay una sabiduría que es celestial, hay una sabiduría que es amante de la paz, es pura y es misericordiosa, es un deber de toda alma cristiana buscar esa verdadera sabiduría.
Sería un desprecio a la generosidad divina desechar la sabiduría que es pura, que es celestial, que es compasiva, que es amante de la paz, que es amable.
Tenemos el deber de buscar esa sabiduría. Hay una sabiduría que hay que buscar y es esa sabiduría celestial, esa sabiduría que es amante de la paz, que es amable, que es dulce, esa sabiduría que está alejada de toda envidia, esa sabiduría que verdaderamente construye. ¿Qué indicación nos da este Apóstol para buscar una sabiduría o buscar la otra? Volvamos al texto que hemos proclamado y busquemos ahí esas señales. Dice: "¿Hay alguno entre vosotros sabio y entendido? Que lo demuestre con una buena conducta. La sabiduría que viene de arriba es pura, amante de la paz, comprensiva" Santiago 3,13-17; Santiago 3,18.
De modo que no nos dejemos confundir. Como decía Jesús: "El que tenga oídos para oír, que oiga" San Mateo 13,9.
Lo importante aquí no es intentar un reencantamiento del mundo, como diciendo: "Hay cantidad de fuerzas oscuras". La Biblia, y en particular los Evangelios, mencionan la acción del espíritu del mal sólo por una razón: para que conozcamos el tamaño de batalla en que se encuentra el ser humano, y para que encontremos y celebremos el tamaño de victoria que Dios nos ha regalado dándonos a su propio Hijo.
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