lunes, 28 de noviembre de 2016

Aliado






Se logra incorporar de tal modo nuestra voluntad a la de Dios, que incluso aquellas cosas que parecerían imposibles, esas conversiones, esas transformaciones de las que a veces desesperamos, incluso esas son posibles para un corazón que todo lo espera de Él. Y este es el día para aprender a esperarlo todo de Él.
Unamos nuestras luces, como esas que tienen en sus manos, unamos nuestras luces a la hoguera de Dios, y en esta fogata del amor que se ofrece, del amor que se parte para poder repartirse, en esta fogata acrecentemos nuestro amor, para ser enteramente de la Presentación, enteramente de la caridad.
La oración no consiste en convencer a Dios; la oración consiste en abrir la puerta para que Él, que es tu gran Aliado, pueda batallar junto a ti, pueda defender tu causa.
La oración no es un cambio que nosotros producimos en Dios; la oración es el cambio, la oportunidad que nosotros le damos a Dios para que Él cambie lo que nosotros somos, lo que nosotros pensamos, lo que nosotros decimos y obramos, y esperamos también.
Quisiera que  esa frase quedara bien grabada en el corazón de todos : “La oración es la oportunidad que le doy a mi gran Aliado”. Tengo un Aliado grande. Yo no sólo tengo grandes problemas para Cristo, sino tengo un gran Cristo para mis problemas.
Tengo un gran Aliado, pero tengo que dejarlo obrar, tengo que darle oportunidad a Él para que obre.  La oración es eso, la oración es abrirse a las obras, a los planes, abrirse al tamaño de Dios.
Muchas veces uno entra a la oración solamente cuando ha descubierto las propias limitaciones. Hasta cierto punto es normal que suceda así. Uno descubre que es limitado y entonces se abre al Infinito, se abre al Ilimitado, al que no tiene límites: Dios nuestro Señor.
Se empieza a orar cuando descubre que Dios de pronto tiene ideas mejores que las nuestras. A Dios se le pueden ocurrir cosas que a mí no se me han ocurrido. Él ve lo que yo no estoy viendo. Los planes de Él van más allá de lo que yo quisiera planear, planificar. Como Dios es más grande, entonces yo le doy oportunidad al más grande.
La oración es darle la oportunidad al gran Aliado, al Aliado grande que tenemos. Darle una oportunidad a Él para que obre, darle una oportunidad a Él para que se luzca.
Por eso hace tanto énfasis a la alabanza. La alabanza no es adulación; la alabanza no es negociar con Dios, no es persuadir a Dios.
La alabanza es la conciencia crecida que tenemos de ese Dios que es más bello, que es más puro, que es más bueno, que es más sabio, que es más fuerte. Esa es la alabanza. La alabanza no cambia nada en Dios. Hay una oración en la misa que dice eso, un prefacio.
La alabanza no cambia nada en Dios. Dios está más allá de todo pensamiento, de todas nuestras palabras, de todas nuestras danzas, de todo nuestro don de lenguas. Dios está mucho más allá. Es tan grande, tan grande, rebasa nuestro entendimiento.
La alabanza no es para que cambie algo en Dios. La alabanza me ayuda a mí a convencerme de que ese Dios de verdad como que piensa cosas que a mí no se habían ocurrido. Ese Dios como que puede cosas que yo no podía.

Entonces la oración, especialmente la oración de alabanza, es la oportunidad que le damos a Dios para que Él se luzca.

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