La predicación de Juan era como un llamado supremo a la
conversión, un llamado vigoroso, casi brusco, hacia la conversión. "¡Deje
de decirse mentiras y vuélvase a Dios!"
La predicación de Jesús es un mensaje de gracia, de ternura, de
perdón. Pero, esta ternura no se entiende sino sobre el fondo del llamado
brusco a la conversión de Juan.
Con otras palabras, si nosotros queremos quedarnos sólo con la
parte tierna del evangelio, la parte dulce de las palabras de Dios, seguramente
no entendemos, ni a Jesús, ni a Juan, ni a Dios, ni a nadie.
Es necesario haber pasado un poco por esa puerta estrecha de
Juan. Es necesario haber pasado por esa convicción de que de veras debo cambiar
de vida. Pero, basta con que yo tenga esa convicción, para que de inmediato la
presencia de Jesús y la gracia de Jesús me transforme.
Esta es una enseñanza importante que nos da el evangelio .
De modo que hay una relación profunda entre la predicación de
Juan y la de Jesús. Eso tiene una aplicación muy concreta, y es que cada uno de
nosotros debe saber de qué tiene que convertirse, y ahí sí apelar a Cristo.
Para los enemigos de Jesús, se convertirá, entonces, en una
alabanza en nuestro corazón: "¡Con qué autoridad, Jesús, haces Tú cada
cosa! ¡Con cuánto poder! ¡Con cuánto amor!"
Que sirva, por tanto, este evangelio, primero, para recordar que
habrá Navidad, Navidad cristiana, sólo para aquellos que se vuelvan hacia Dios,
que sientan por lo menos la necesidad de volverse hacia Él.
Navidad la ocasión y el
momento de alegrarnos, de alabar la autoridad y el poder que Dios le ha
concedido a Su Santísimo Hijo Jesucristo, para que obre prodigios de conversión
entre nosotros.
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