"Mira,
abre los ojos, no te quedes viendo sólo tu Egipto, tu primera experiencia, tu
primera conversión; no creas que Dios ya hizo o que tenía que hacer y como
quien dice, ya después de eso no se sigue nada más".
""Mirad que llegan días" Jeremías 23,5;
"mirad que llegan días" Jeremías 23,7,
nos repite más adelante.
¿Y
qué se le dice a José? "No tengas reparo en llevarte a María, tu
mujer". Dará a luz un hijo" San Mateo 1,20-21.
Comenta el Evangelista: "Todo eso sucedió para que se cumpliese lo que
había dicho el Señor por el profeta: "Mirad, la Virgen concebirá y dará a
luz un hijo" San Mateo 1,23.
El
Adviento es lo contrario. El Adviento no es para cerrar los ojos y quedarse uno
mirando atrás. "Mirad, mira, abre tus ojos, mira lo que Dios está haciendo
ahora, mira lo que promete ahora; no te quedes viendo tu primera conversión,
"en los tiempos en que yo era bueno", "y los tiempos en que yo
era fervoroso", "y los tiempos aquellos"; y cierre los ojos para
pensar en que "yo era bueno".
El Adviento, revisa tu Liturgia de las Horas, revisa
los textos que la Iglesia nos ofrece en la Eucaristía; por pura curiosidad,
busca cuántas veces aparece "mira, mirad", "abre tus ojos",
"descubre lo que Dios está diciendo ahora".
Como
modelo, como excelso modelo y Patrono de esos que abren los ojos, está José, él
preside esta segunda conversión en las almas. José es el hombre, ¿qué es lo que
tenía ahí? ¿Delante suyo qué tenía? Una terrible decepción, o un acontecimiento
desconcertante. ¿Dudó José de María? Seguramente no; por lo que nos dice el
texto del evangelio, seguramente no.
José
cerró los ojos para dormir, por algo el mensaje le viene en sueños; José cerró
los ojos para dormir . Porque había
algo en José que no dormía, porque había un ojo interno, un ojo del alma en
José, un ojo de fe en José que no dormía jamás; porque José era el Adviento
hecho hombre, porque José era un hombre en pleno Adviento.
A ese José que dormía pero no dormía, Dios le habla y le explica lo
que está sucediendo: "No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, lo
que hay en ella viene del Espíritu Santo" San Mateo 1,20.
Fíjate
en qué momento se nos habla del Espíritu Santo. Sólo para aquellos que tienen
abierto el ojo del corazón, sólo para aquellos que están en Adviento, sólo para
aquellos que están esperando la respuesta de Dios, dormido o despierto, Dios le
dará respuesta. Para esos llega la gracia del Espíritu Santo.
"Dará
a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús; porque él salvará al pueblo de
los pecados" San Mateo 1,21.
Quien vive en Adviento, hace posible la salvación para las otras personas; el
que no vive en Adviento, tiene los ojos cerrados para Dios y abiertos para los
problemas de este mundo.
Osea
que las alternativas: o quejarnos de los males del mundo, o alegrarnos de
anunciar los bienes de Dios. Esa es la alternativa ante la cual nos ponen las
lecturas de hoy. O te quedas quejándote de que el mundo está muy mal, o te
quedas alegrándote y anunciando que Dios está muy bien, y las dos cosas son
ciertas.
José, si eres un hombre en Adviento, si eres María, si eres una mujer en
Adviento, tú descubrirás que además de decir que el mundo está muy mal, de
pronto se pueden decir otras cosas, por ejemplo, se puede decir que Dios está
muy bien, y que Dios salvará a su pueblo de sus pecados.
José se despierta. El ojo de su corazón
había estado atento, tan atento que incluso en sueños pudo mirar el misterio de
Dios. Se despierta José y se encuentra con María, hay luz en los ojos de ella,
hay luz, hay claridad en los ojos de él.
Ambos
entienden que lo prometido, que lo anunciado por boca de los profetas, que ese
Adviento que había empezado desde el mismísimo Adán, está a punto de terminarse
porque ya se acerca la Navidad, porque ya se acerca el Nacimiento del Señor.
Unamos
nuestros corazones a los de ellos, pongámonos también nosotros en un Adviento
muy serio, y muy amoroso, y muy alegre.
Vamos
a poner nuestro corazón en Adviento, vamos a tener nuestros ojos abiertos a las
maravillas de Dios; vamos a mirar lo que Dios obra, lo que Dios siempre obra en nuestras
vidas. "Y Él salvará al pueblo de sus pecados" San Mateo 1,21.
Como
signo de esa salvación, nos otorga la Eucaristía, como signo de ese definitivo
éxodo, nos regala su presencia en la Sagrada Comunión.
Nosotros que estamos en Adviento, recibamos a este Jesús como prenda de
lo que Él mismo hará por nosotros en el día de la eternidad.
Bendito sea el Señor en Adviento; gloria a Dios en Navidad.
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