La Eucaristía nos hace un inmenso bien porque nos ofrece la
Palabra de Dios, nos permite entonces reconocer a Jesucristo, y en la medida en
que lo conocemos, deseamos que Él venga a nosotros y nos transforme; y Él
cumple esa súplica llegando sacramentalmente a nuestras vidas y convirtiéndonos
también a nosotros en una ofrenda para Dios Padre.
Ninguna actividad es tan provechosa, ninguna es tan saludable
para nosotros; ningún tiempo mejor empleado que el tiempo de la Santa Misa. En
ese tiempo nos acercamos, nos ponemos en las manos de Nuestro Creador para que
Él nos haga y nos perfeccione a su imagen.
En la Santa Misa nos ponemos en las manos de Nuestro Redentor,
manos llagadas, manos empapadas en Sangre redentora, para que toda la maravilla
de su amor salvador nos rescate de las culpas de los pecados, de los errores
que todos cometemos.
En la Santa Misa nos ponemos en las manos del el Espíritu Santo,
para que Él llegue a nosotros y levante nuestro corazones hacia a los bienes
eternos. En la Eucaristía, a través de la Palabra de Dios, podemos decir que
Dios nos toca a nosotros, y podemos decir que nosotros le tocamos a Él.
La misma Palabra que tiene fuerza suficiente para convertir el
pan en Cuerpo de Cristo, tienen entonces poder y fuerza para transformar
nuestras vidas en la vida de Cristo. Cuando se dice: "Esto es el Cuerpo de
Cristo", se dice en primer lugar del Pan consagrado; pero "este es el
Cuerpo de Cristo", también vale de la asamblea que está reunida, de la
iglesia que se congrega entorno al altar, que es también, como lo sabemos, el
Cuerpo de Cristo.
De manera que ese Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia en la
Eucaristía, se alimenta del Cuerpo de Cristo, que es el Pan transformado por la
acción del Espíritu, y de ese modo nosotros nos convertimos en lo que comemos,
nos volvemos en ofrenda para Dios nuestro Padre.
En la lectura que hemos escuchado de San Pablo a Tito se resume
maravillosamente este misterio de salvación, esta obra de salvación que se
realizó en Jesucristo y a través de Jesucristo, que es la misma obra, la misma
fuerza en que nosotros somos tomados para convertirnos en ofrenda a Dios.
La lectura se encuentra en el capítulo II, versículos del once
al catorce de esta Carta de Pablo a Tito, capítulo II. Insisto en la referencia
con la esperanza de que por menos alguno de ustedes, y ojalá muchos, y ojalá
todos, se sientan cautivados por la claridad de esta palabra y no dejen pasar
estas palabras.
Amigos, comparemos lo que sucede con esta palabra que se lee en
la Eucaristía y la palabra que se dan en los noticieros o en los periódicos.
Este nuestro convento de Santo Domingo está suscrito a dos periódicos de
circulación nacional.
Esto quiere decir que llegan más de cien páginas grandes de
noticias todos los días. Pero, ¿a quién le interesan hoy los periódicos de
ayer, los periódicos de anteayer o los periódicos de hace una semana?
Cuando venimos a la Eucaristía escuchamos una Palabra que sí se
sostiene, que sí resiste, que sí es consistente, una Palabra que usted puede
encontrar en su casa, una Palabra que es más grande que usted, porque después
que usted se haya ido de esta tierra, se seguirá proclamando esa Palabra; y
después que yo me haya ido, después de mí, se seguirá contando esa Palabra
Repasemos pues, eso que le dice Pablo a Tito, que es el resumen,
podemos decir, de la obra maravillosa del amor de Dios, o lo que llamamos a
veces en la teología, la Historia de la Salvación: "Ha aparecido la gracia
de Dios que trae la salvación para todos los hombres" Tito 2,11.
Nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos
mundanos y a vivir, ya desde ahora, una vida sobria, honrada y religiosa,
aguardando la dicha que esperamos; la aparición gloriosa del gran Dios Salvador
Nuestro Jesucristo.
Ese es sólo un trozo breve de lo que hemos escuchado hoy, pero
en ese trozo hay tres tiempos: "ha aparecido la gracia para que llevemos
ahora una vida sobria y religiosa y esperemos el retorno de
Jesucristo" Tito 2,11-13, el pasado.
"Se ha manifestado el amor gratuito de Dios con el
sacrificio de Jesús" Tito 2,11, el presente; "para que llevemos una
vida sobria y religiosa alimentándonos de Jesucristo" Tito 2,11; "y así esperemos el retorno de nuestro
Dios y Salvador Jesucristo" Tito 2,13, el futuro.
Fíjese que es lo mismo que decimos después de cada consagración
de pan y el vino en la Santa Misa: " Anunciamos tu muerte", esa es la
parte de, "ha aparecido la gracia"; "proclamamos tu
Resurrección", ese es el hecho presente que nos invita a llevar una vida
nueva, una vida resucitada, una vida sobria y religiosa; "ven, Señor
Jesús", ese el retorno de nuestro Salvador.
Cada vez que asistimos, pues, a la Santa Misa, en esta expresión
que decimos, tal vez a veces como distraidamente, tenemos el resumen de la obra
de Dios.
"Ha aparecido la gracia que nos enseña a llevar un vida
sobria y santa mientras aguardamos a que Jesucristo vuelva" Tito 2,11-13.
¡Felices nosotros que podemos alimentarnos de esta Palabra!
Que ella traiga en nosotros mucha hambre de Cristo, y que
Cristo, Pan de los Santos, Pan de los Ángeles, calme esta hambre en el
Sacramento del Altar.
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