viernes, 11 de noviembre de 2016

Eucaristìa






La Eucaristía nos hace un inmenso bien porque nos ofrece la Palabra de Dios, nos permite entonces reconocer a Jesucristo, y en la medida en que lo conocemos, deseamos que Él venga a nosotros y nos transforme; y Él cumple esa súplica llegando sacramentalmente a nuestras vidas y convirtiéndonos también a nosotros en una ofrenda para Dios Padre.
Ninguna actividad es tan provechosa, ninguna es tan saludable para nosotros; ningún tiempo mejor empleado que el tiempo de la Santa Misa. En ese tiempo nos acercamos, nos ponemos en las manos de Nuestro Creador para que Él nos haga y nos perfeccione a su imagen.
En la Santa Misa nos ponemos en las manos de Nuestro Redentor, manos llagadas, manos empapadas en Sangre redentora, para que toda la maravilla de su amor salvador nos rescate de las culpas de los pecados, de los errores que todos cometemos.
En la Santa Misa nos ponemos en las manos del el Espíritu Santo, para que Él llegue a nosotros y levante nuestro corazones hacia a los bienes eternos. En la Eucaristía, a través de la Palabra de Dios, podemos decir que Dios nos toca a nosotros, y podemos decir que nosotros le tocamos a Él.
La misma Palabra que tiene fuerza suficiente para convertir el pan en Cuerpo de Cristo, tienen entonces poder y fuerza para transformar nuestras vidas en la vida de Cristo. Cuando se dice: "Esto es el Cuerpo de Cristo", se dice en primer lugar del Pan consagrado; pero "este es el Cuerpo de Cristo", también vale de la asamblea que está reunida, de la iglesia que se congrega entorno al altar, que es también, como lo sabemos, el Cuerpo de Cristo.
De manera que ese Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia en la Eucaristía, se alimenta del Cuerpo de Cristo, que es el Pan transformado por la acción del Espíritu, y de ese modo nosotros nos convertimos en lo que comemos, nos volvemos en ofrenda para Dios nuestro Padre.
En la lectura que hemos escuchado de San Pablo a Tito se resume maravillosamente este misterio de salvación, esta obra de salvación que se realizó en Jesucristo y a través de Jesucristo, que es la misma obra, la misma fuerza en que nosotros somos tomados para convertirnos en ofrenda a Dios.
La lectura se encuentra en el capítulo II, versículos del once al catorce de esta Carta de Pablo a Tito, capítulo II. Insisto en la referencia con la esperanza de que por menos alguno de ustedes, y ojalá muchos, y ojalá todos, se sientan cautivados por la claridad de esta palabra y no dejen pasar estas palabras.
Amigos, comparemos lo que sucede con esta palabra que se lee en la Eucaristía y la palabra que se dan en los noticieros o en los periódicos. Este nuestro convento de Santo Domingo está suscrito a dos periódicos de circulación nacional.
Esto quiere decir que llegan más de cien páginas grandes de noticias todos los días. Pero, ¿a quién le interesan hoy los periódicos de ayer, los periódicos de anteayer o los periódicos de hace una semana?
Cuando venimos a la Eucaristía escuchamos una Palabra que sí se sostiene, que sí resiste, que sí es consistente, una Palabra que usted puede encontrar en su casa, una Palabra que es más grande que usted, porque después que usted se haya ido de esta tierra, se seguirá proclamando esa Palabra; y después que yo me haya ido, después de mí, se seguirá contando esa Palabra
Repasemos pues, eso que le dice Pablo a Tito, que es el resumen, podemos decir, de la obra maravillosa del amor de Dios, o lo que llamamos a veces en la teología, la Historia de la Salvación: "Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres" Tito 2,11.
Nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos y a vivir, ya desde ahora, una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos; la aparición gloriosa del gran Dios Salvador Nuestro Jesucristo.
Ese es sólo un trozo breve de lo que hemos escuchado hoy, pero en ese trozo hay tres tiempos: "ha aparecido la gracia para que llevemos ahora una vida sobria y religiosa y esperemos el retorno de Jesucristo" Tito 2,11-13, el pasado.
"Se ha manifestado el amor gratuito de Dios con el sacrificio de Jesús" Tito 2,11, el presente; "para que llevemos una vida sobria y religiosa alimentándonos de Jesucristo" Tito 2,11; "y así esperemos el retorno de nuestro Dios y Salvador Jesucristo" Tito 2,13, el futuro.
Fíjese que es lo mismo que decimos después de cada consagración de pan y el vino en la Santa Misa: " Anunciamos tu muerte", esa es la parte de, "ha aparecido la gracia"; "proclamamos tu Resurrección", ese es el hecho presente que nos invita a llevar una vida nueva, una vida resucitada, una vida sobria y religiosa; "ven, Señor Jesús", ese el retorno de nuestro Salvador.
Cada vez que asistimos, pues, a la Santa Misa, en esta expresión que decimos, tal vez a veces como distraidamente, tenemos el resumen de la obra de Dios.
"Ha aparecido la gracia que nos enseña a llevar un vida sobria y santa mientras aguardamos a que Jesucristo vuelva" Tito 2,11-13.
¡Felices nosotros que podemos alimentarnos de esta Palabra!

Que ella traiga en nosotros mucha hambre de Cristo, y que Cristo, Pan de los Santos, Pan de los Ángeles, calme esta hambre en el Sacramento del Altar.

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