viernes, 11 de noviembre de 2016

Tito 2,11








Carta a Tito 2,11, "llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa" Carta a Tito 2,12, es lo que nos toca en el presente; "aguardando la dicha que esperamos la aparición gloriosa del gran Dios y salvador nuestro, Jesucristo" Carta a Tito 2,13, ese es el futuro.
"Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación" Carta a Tito 2,11, eso es Cristo; "la dicha que esperamos es la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo" Carta a Tito 2,13, ese es el futuro.
Entre el pasado y el futuro, nuestro presente. El pasado es la aparición de la gracia de Cristo y el futuro es la aparición de la gloria de Cristo. Se trata de dos manifestaciones, de dos revelaciones.
El cristiano entonces, vive su presente escoltado por Cristo, que está en su pasado y atraído por Cristo que está en su futuro. Cristo está antes de nosotros, vigilando y sanado en nuestro pasado y Cristo está después de nosotros, abriéndonos el camino y preparándonos el futuro; son dos apariciones de Cristo: la primera, la aparición de la gracia y la segunda, la aparición de la gloria.
 Nuestro presente, de lo que se trata es de renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, son dos renuncias distintas, y otra es llevar una vida sobria, honrada y religiosa.
En medio de esas dos apariciones de Cristo, nuestro presente ¿cómo lo hemos de vivir? Renunciando a unas cosas y adhiriéndonos a otras. Hay cristianos que se quedan sólo en la renuncia, como obsesionados por su propio pecado o por los pecados que ven en otras personas, se quedan sólo huyendo del mal, eso no basta, eso no es todo el presente.
No basta construir el presente huyendo del mal, es necesario construir el presente adhiriéndonos al bien y este es: "una vida sobria, honrada y religiosa" Carta a Tito 2,12.
No terminamos ahí, hay que renunciar a dos cosas distintas: al pecado y a los deseos mundanos, dice: "Enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos" Carta a Tito 2,12.
Si tomamos como principio que en la Biblia no hay palabras de sobra, estos dos no deben ser solamente sinónimos: la vida sin religión, es la vida de pecado expreso, exterior, comprobable, visible.
"Los deseos mundanos" Carta a Tito 2,12, es la vida de pecado interior, invisible, intangible, mejor, visible sólo para los ojos de Dios. Hay veces que uno ha renunciado al pecado.
Pero sólo ha renunciado exteriormente al pecado, por dentro, el corazón sigue recomiéndose de los mismos deseos de antes, sólo que ahora un poco por vergüenza, un poco por coherencia, un poco por gratitud, uno se frena de realizar lo que antes hacía.
Se ha detenido el pecado exterior, pero el deseo sucio, o impuro, o injusto, permanece en el alma. No basta, es necesario renunciar también a aquello en el corazón que se opone, que se rebela contra Dios.
Hay también el caso contrario, hay personas que purifican sus intenciones, purifican interiormente su corazón, quieren estar limpios interiormente en su corazón.
Pero no terminan de renunciar a las condiciones de una vida limpia sin religión y por eso, recaen sin cesar en las mismas faltas: quieren tener un corazón limpio, pero la vida no la organizan para que sea limpio.
Por eso hay que renunciar a las dos cosas, a la vida sin religión y a los deseos mundanos; pero nuestro presente no es sólo de renuncias, ya lo dije antes, es un presente ante todo para unirnos a Dios y esta unión, de acuerdo con lo que dice el Apóstol en este texto, tiene como tres dimensiones: una vida sobria, una vida honrada y una vida religiosa.
La sobriedad regula la relación de cada persona consigo misma, pero sobrio; implica amarse rectamente, cuidar rectamente de sí, sin excesos, sin caer en aquello que dice un himno litúrgico: "Sin caer en mimar la carne".
La sobriedad es abstenerse de mimar la carne, es atender a las necesidades que demanda nuestra condición humana, pero sin mimarnos, sin consentirnos a nosotros mismos, sabiendo que esto que vemos y así como lo vemos, habrá de desaparecer.
La sobriedad regula la relación con uno mismo y esta relación debe ser sobria, sobria quiere decir: sensata y alejada de todo exceso, pero además se trata de que sea una vida honrada, la honra es: "regula las relaciones con las demás personas".
La honradez es ese amor a la justicia en todas las relaciones, justicia no sólo en el manejo económico de los bienes visibles, sino justicia, sobre todo en los bienes que más valen ante Dios, los bienes invisibles.
La honradez, entonces, ese trato justo, claro, transparente, luminoso, no sólo significa que nuestro manejo económico sea pulcro, sino indica, que toda transacción, que toda relación humana esté de nuestra parte sellada por la justicia, sellada por la honradez.
De modo que no le robemos a nadie la paz, su verdad; no le robemos a nadie su verdad, no le robemos a nadie su honra, no le robemos a nadie su alegría, no le robemos a nadie su pureza, no le robemos. No robar a nadie, permanecer y habitar en la honradez es vivir de tal modo, que seamos como un Evangelio continuo para los otros.
Finalmente, nos dice el Apóstol, se trata de una vida religiosa, si lo contrario se rechaza, la vida sin religión; pues aquí se trata de llevar una vida religiosa. La religión, como nos lo explica Santo Tomás, "regula nuestra relación con Dios".
Entonces queda un cuadro hermoso en esta sola frase, el cristiano vive su presente en medio de dos apariciones: en el pasado, la aparición de la gracia; y en el futuro, la aparición de la gloria.
Aquello que dice de los ancianos, de las ancianas, de los jóvenes, de las familias, era aquello que se vivía dentro del pueblo de Israel.
Demos Gracias a Dios por esta reflexiòn bellísima, se encuentra en el Capitulo Segundo de la carta del Apóstol San Pablo a Tito.

Dios por su Espíritu nos conceda realizarlo en nuestra propia vida para Gloria de Padre.

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