sábado, 5 de noviembre de 2016

INFINITO








El ser humano lleva dentro de sí un infinito, y ese infinito que viene como sello de fuego en su vida, fue puesto por Dios como una señal, como un cordelito para irlo trayendo. El que siga las leyes de ese infinito se encuentra con Dios.
Este infinito está puesto tan en el centro del corazón, que no hay actividad humana, no hay sentimiento humano, no hay pensamiento humano que de alguna forma no tenga que ver con Él.
La admiración, admirar a Dios, nos une a Él, algo tan sencillo. Cuando uno se pone a correr para alcanzarlo, cuanto más corre, más, más lejos lo ve; pero cuando uno admira la carrera de Él, entonces uno va con Él.
" Isaías 40,25. Si  comparamos lo que sabemos con lo que sabe Dios, lo siente lejos; pero si se admira todo lo que Dios sabe, lo siente cerca.
Admirar, alabar, y todo lo que nazca de ahí esa es la clave, admirar las obras de Dios.
O sea que la admiración nos pone del equipo de los buenos, nos pone del equipo de los Ángeles, nos pone del lado de los santos.
“Alzad los ojos a lo alto y mirad ¿Quién creó aquello?” Isaías 40,26.
Admirar es como subirse a los hombros, es como el niño que visita las obras del papá, el camino de la admiración es un camino de sencillez y de santidad, es el camino, entre otras cosas, es el camino de Santa Teresa del Niño Jesús.
Santa Teresita se nos fue en la admiración y el que entra en la “admiración” tiene que hacer un mínimo de esfuerzo, es que hasta por comodidad uno debía de entrar en la admiración.
La admiración tiene un poder tan grande. Se predica tanto de la necesidad de adquirir las virtudes, que poco a poco las personas van sintiendo: "todo lo que me va a tocar hacer, todo lo que tendré que corregir, todo lo que tendré que esforzarme".
La alabanza une rápidamente a Dios, la alabanza es un ascensor magnífico, la admiración hace que lo que uno creía imposible se realice.
La admiración hace que a uno no le destruyan la fe, porque tengo alabanza en mi corazón.

La alabanza es una escuela maravillosa. Unamonos con los Ángeles y con los santos, como dicen los prefacios, a bendecir a Dios y entrar en esa actitud de admiración y de alabanza, para darle a Dios una primavera de santidad.

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