Hemos sido convocados, a una vida
gloriosa, a que nuestra vida sea templo y a que nuestras obras sean tales, que
quien nos conozca pueda saber algo de Dios, y quien nos ame pueda elevarse
hacia el amor divino. Que la humilde gloria de este alimento acompañe nuestros
pasos en esta tierra, y nos conduzca un día a la contemplación del Cielo.
De manera que debemos interpretar estas
palabras dentro de su contexto, y ver que toda esa economía, toda esa
distribución de gracia, de amor y de providencia que tenía que ver con el
templo, todo eso pasó al Cuerpo de Jesucristo, que es el verdadero Templo en
donde reside la gloria de Dios. Esa es una manera de interpretar esto.
Dios dice que ese es el lugar de su
gloria, y dice que ese es el lugar donde Él reside. Estas dos expresiones,
Ezequiel las refiere al Templo de Jerusalén. Pero nosotros podemos también
entenderlas desde este otro modo: allí donde verdaderamente reside Dios, allí
donde habita Dios, allí es donde está su gloria.
Cuando Dios habita dentro de nosotros,
entonces el esplendor de la gloria de Dios, que no es otra cosa sino la
manifestación de esa presencia, pues acompaña también lo que nosotros somos, lo
que nosotros decimos, lo que nosotros hacemos y pensamos.
Se convierte en una invitación a llevar
una vida digna de la gloria de Dios; llevar una vida, podríamos decir, una vida
gloriosa, no por una especie de esfuerzo imitativo nuestro, sino por una lógica
consecuencia de la presencia de Dios en nosotros.
Recordando lo que nos dice San Pablo,
que "nosotros somos templo del Espíritu" 1 Corintios 3,16, nos invite a llevar una
vida gloriosa.
De ella nos habló Cristo. Dijo que,
"fueran tales nuestras obras, que, la gente al verlas, diera gloria a
Dios" San Mateo 5,16. Esa es una vida gloriosa,
una vida impregnada de la gloria de Dios.
Esa vida, en qué consiste esa vida
gloriosa. Un deseo continuo de que Dios sea conocido y de que Dios sea amado.
No es tanto el deseo de que no me conozcan a mí, sino el deseo de que sí se conozca
Dios; no es tanto el deseo de que no me amen a mí, sino el deseo de que amen a
Dios.
Este deseo de que amen a Dios, me lleva
a mí mismo a desaparecer, y es lo que nos dice Cristo: "El que se humilla
será enaltecido" San Juan 18,14, y también advierte:
"El que se enaltece será humillado" San Juan 18,14.
Hemos sido convocados, a una vida
gloriosa, a que nuestra vida sea templo y a que nuestras obras sean tales, que
quien nos conozca pueda saber algo de Dios, y quien nos ame pueda elevarse
hacia el amor divino.
Recibiendo nosotros el Alimento
Eucarístico, somos habitados por Dios. Que la humilde gloria de ese alimento,
acompañe nuestros pasos en este tierra, y nos conduzca un día a la contemplación.
De
modo particular al tomar el conocimiento de su contribuciòn con docilidad.
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