La
Carta a los Hebreos no es un manual de auto liberación o auto redención. Es una
descripción con un lenguaje profundamente enraizado en el Antiguo Testamento; una
descripción de cuál ha sido la obra de Jesús por nosotros.
La
Carta a los Hebreos lee esa obra de Jesús en clave de sacrificio y muestra cómo
ha sido un sacrificio superior a todo lo que se hacía según la Ley de Moisés.
Esa
enseñanza tiene hoy su conclusión y se resume finalmente en el amor a Dios y en
el amor al prójimo. La obra de Dios en Jesucristo, con Jesucristo y a través de
Jesucristo, ha sido descrita en términos de un sacrificio; también nuestra vida
se describe en términos de sacrificio.
"Por medio de Jesús, ofrezcamos
continuamente a Dios y un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos
labios que profesan su nombre. No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros
mutuamente, esos son los sacrificios que agradan a Dios" Carta a los
Hebreos 13,15-16.
De
manera que si Cristo en la cruz está dándole toda la honra a Dios y está
otorgando la salvación a nosotros.
Si
Cristo en su sacrificio de la cruz es la expresión resumida y más plena del
amor a Dios y del amor al prójimo, nosotros que vamos detrás de Cristo como
detrás de nuestro pastor, también hacemos de nuestra vida un sacrificio, un
sacrificio de alabanza y amor a Dios, un sacrificio de servicio y amor al
prójimo.
El
resumen de esta Carta está entonces en lo mismo que es el corazón de la vida
cristiana, como ya nosotros bien lo sabemos, amar, amar a Dios y amar al
prójimo.
Solo
que como esta Carta ha utilizado ese lenguaje de la ofrenda y el sacrificio,
también nuestro amor tiene nombre de sacrificio en esta conclusión de la Carta.
Pero
no sacrificio del simple dolor, la reafirmación o la abnegación; como ya
recordaba San Agustín en su tiempo, la expresión “sacrificium”, lo que
significa es: "aquello que se vuelve sagrado".
Nosotros
nos volvemos sacros, nos volvemos sagrados, caminamos en nuestra santificación,
precisamente con la alabanza a Dios, profesando su nombre y con el servicio a
nuestros hermanos, amándolos como el mismo Dios nos ha amado a nosotros.
Importante
que cada uno y cada una palpe en su corazón si está dispuesto a hacer de su
propia vida una ofrenda.
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