Ezequiel 12,4-6.
"Tienen que verte", le dijo Dios al Profeta Ezequiel, porque es un
pueblo que tiene ojos y no ve, tiene oídos y no oye" Ezequiel 12,2; no reconocen las acciones
de Dios.
Algo
parecido es lo que nos encontramos en el evangelio. Ese hombre que le
perdonaron una deuda exorbitante, a ese hombre le faltó descubrir lo que Dios
estaba haciendo con él; de acuerdo con la lógica de la parábola, lo que estaba
haciendo con él su acreedor; le faltó descubrir cuánto le estaban perdonando,
le faltó abrir los ojos.
Podemos
decir que este señor, al que le perdonaron tanto dinero, le faltó utilizar sus
ojos. También él tuvo ojos y no vio, tuvo oídos y no oyó.
Lo
mismo nos puede suceder a nosotros: necesitamos descubrir las señales grandes
de Dios. Porque una vida agradecida, una vida feliz, una vida eficaz, una vida
generosa, no surge de la nada, surge de ver las acciones de Dios.
"No olvidéis las acciones de Dios" Salmo 77,12; abramos los ojos, descubramos
cuánto ha hecho por nos0tros, cómo nos ha amado y desede cuándo. Sobre todo,
como lo subraya el evangelio, descubramos la grandeza de Dios particularmente
en el perdón.
De
ningún Dios se ha dicho lo que se dice del Dios de Israel, el Dios y Padre de
Nuestro Señor Jesucristo. Así como es de grande su poder, así es grande su
perdón.
¿En
dónde podemos descubrir especialmente la grandeza de Dios, su presencia en
nuestras vidas, su misericordia, su cercanía? En el perdón. "No olvidéis
las acciones de Dios" Salmo 77,12. Cada quien haga memoria, mire
dese cuándo lo ha amado Dios, qué ha hecho por él, con cuánta paciencia lo ha
esperado.
¿Acaso
nosotros le respondimos a Dios cuando empezaron a llegar las suaves caricias de
su Espíritu, las primeras mociones de su gracia? Y después de que nos
convencimos de que Dios nos amaba, ¿hemos vivido en perpetua gratitud, en
absoluta generosidad, en total alabanza? Yo creo que no. Pero Dios ha tenido
paciencia con nosotros.
Esa
paciencia no es para que nos endurezcamos ni en la indiferencia ni en la
ingratitud; esa paciencia es para que se conmueva por fin nuestra alma y se dé
cuenta de que Dios es muy generoso. Cuando nos llamó especialmente a su
servicio, como dice aquella canción: "Cuando nos miró a los ojos, cuando
pronunció nuestro nombre", ¿qué nació en nosotros de ahí?
¿Nació
esa resolución total que vemos en la vida de tantos santos, esa resolución
absoluta de darse totalmente a Jesucristo y a su Evangelio, de prepararse con
fervor y con amor para un día quemarse totalmente para Él? De pronto no.
De
pronto vamos ahí como a empujones, ahí como arrastrados, de a poquitos, de a
poquitos, como si se tratara de algo ajeno a nosotros, como si estuviéramos
trabajando para un desconocido.
"Hay
que sacudirse entonces el peso que nos estorba" Carta a los Hebreos 12,1, como dice la
Carta a los Hebreros; hay que ver las señales que Dios nos da: en nuestros
hermanos, en nuestras familias, en los laicos de los grupos, en profesores, en
estudiantes, en la miseria del mundo.
Por
todas partes Dios nos está dando señales a la vista de todos, y en esas señales
nos está llamando a una vida verdaderamente consagrada, una vida en verdadera
gratitud, una vida en verdadera alabanza, una vida que valga la pena.
Pero
escapa de nuestras manos esa constancia, esa firmeza, esa generosidad, eso
escapa de nuestras manos. Pues bien, Precisamente las señales que Dios nos ha
dado son señales que apuntan a una certeza: "Yo voy a estar contigo, yo no
te voy a dejar solo, yo voy a estra contigo; emprende un camino nuevo, un
camino de renovación de tu bautismo, de renovación de tu consagración;
empréndelo hoy, empréndelo que yo voy a estar contigo, yo no te voy a dejar
solo".
Estas
palabras, las palabras de Dios, penetren en nosotros. "No olvidéis las
acciones del Señor" Salmo 77,12, no olvides lo que ha hecho
por ti, no olvides lo que quiere hacer con nosotros, no lo olvides, jamás lo
olvides.
Desde
ahí, el descubrimiento de la misericordia; y desde ahí, la práctica de la
compasión, especialmente por el testimonio de las buenas obras.
Una
mística del sentirse hechura de Dios.Clara buceó en su ser de criatura y tocó,
podríamos decir, las manos de Dios creador; y cuando uno baja en su ser de
criatura y siente que está apoyado en las manos de Papá Dios, descansa, y
canta, y se alegra, y alaba.
Es
la riqueza de esas manos, es sentir esas manos providentes lo que hace que la
persona pueda sentar todo lo demás. El que ha tocado esas manos de Dios creador
y ha encontrado en ellas todos los tesoros Jesucristo la gracia de Jesucristo,
porque el universo entero reposa sobre esas manos, puede practicar la pobreza
evangélica.
Uno
pierde el miedo a sí mismo, pierde el miedo a sus propios sótanos, cuando va
acompañado de la luz de Jesucristo.
Está
ese otro faro de la vida de Clara, la Eucaristía. La donación de Jesús en la
Eucaristía, que nos hace ricos a todos, y al mismo tiempo la indefensión de
Cristo en la Eucaristía, que lo hace el más humilde y desprotegido de todos,
fascinaron a clara.
Alguien
que es tan rico para enriquecer a todos y tan pobres para ser el más expuesto
de todos. En el misterio eucarístico tenemos como un espejo y una luz para
avanzar en lo que nosotros mismos somos.
La
Eucaristía no sólo nos revela quién es Dios, sino nos revela quiénes somos
nosotros. En la adoración de la Eucaristía, en la contemplación de la
Eucaristía, el ver esa riqueza tan pobre y esa pobreza tan rica, es posible
sumergirse en el misterio del propio ser hasta tocar las riquezas de Dios;
entrar en alabanza y poder, con pobreza y alegría; celebrar los misterios del
Evangelio.
Esta
es una mirada a la vida de Santa Clara, ella interceda por nosotros, y nos
permita adorar mejor la Eucaristía y reconocer mejor las riquezas del
Evangelio.
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