miércoles, 15 de febrero de 2017

Efesios 6,1-4


     En la Creaciòn lugar lleno de luz, lleno de color, lleno de belleza, se puede sentir su armonía , se puede sentir cómo Dios ha querido que cada cosa tenga, su propio sitio.
     ¡Y es tan bello en estos momentos dejarse empapar por esa música, por esa belleza con la que Dios ha impregnado todo! Una armonía, una belleza así, es la que Dios quiere que también nosotros dibujemos en nuestras relaciones personales.
       Si hay belleza afuera de nuestros ojos, si hay belleza delante de nuestros ojos, Dios quiere que haya también belleza detrás de nuestros ojos. Dios no quiere solamente la belleza del universo exterior, sino la belleza de ese otro cosmos, de ese otro universo interior que es el corazón humano y que se expresa particularmente en las relaciones de unos para con los otros.
        La primera, Carta a los Efesios, donde San Pablo, precisamente, intenta construir o intenta reconstruir esa armonía.
      ¡Volvamos nuestros ojos a la belleza que nos rodea! ¡Volvamos nuestros ojos a la hermosura de la Creación! Miremos cómo hay lugar para el árbol robusto y para la flor débil. El árbol no impide que exista la flor y la flor no impide que exista el árbol.         Dios nos quiere, no iguales. Dios nos quiere distintos y sin embargo, todos acogidos, todos recibidos mutuamente en los corazones, todos recibidos, acogidos, según el plan de Dios.
 Luego, si la familia cristiana quiere encontrar su lugar en el Corazón de Dios, si la familia quiere reconstruirse, pues tiene que mirar, tiene que volver sus ojos hacia su Autor, tiene que volver sus ojos a Dios.
      Es que la familia es una institución que no surge por sí misma. No surge de los hombres; surge de Dios. La familia es una creación de Dios. La familia es el regalo con el que Dios ha querido hacer partícipe a los hombres y las mujeres, de la alegría, de la potencia, de la sabiduría con que Él nos ha creado.
        Tengo la fortuna de contar entre mis recuerdos bellos de la infancia cuando mi papá nos hablaba de su propia experiencia como papá y decía, que se estremecía pensando que Dios lo había elegido para que fuera como un co-creador, para crear con Él, junto a Él.
      ¡Crear! ¡Hacer posible que un ser exista! La familia ha salido del Corazón de Dios, y la familia viene del amor del poder de Dios como un regalo a la especie humana, para hacer posible ese milagro, el milagro de la Creación.
       Por tanto, si nosotros volvemos los ojos al querer de Dios, si nosotros, como nos decía San Pablo en otra lectura, "hemos sido vueltos a crear en Cristo Jesús" 2 Corintios 5,17, entonces necesitamos descubrir en Dios las claves para esa reconstrucción de la familia.    Eso significa que no somos iguales, sino distintos, pero todos recibidos, todos acogidos mutuamente, y todos recibidos, acogidos en el plan de Dios.
   De ahí que nos diga San Pablo, que "tenemos que aprender lo que significa que el hijo es obediente, pero el papá no es autoritario" Carta a los Efesios 6,1-4.
 Tenemos que aprender lo que significa que el papá tiene autoridad, pero el hijo no es un adulador, ni es un cobarde, ni es un carente de opinión. El hijo existe, el hijo tiene su propia independencia, mas la independencia del hijo no riñe con la docilidad.
   El mundo actual por todas partes nos quiere meter en la cabeza, que ser independiente significa ser opuesto. ¡Dios no es así! Dios nos muestra en su misma Creación, que así no es. El arbusto es distinto del pasto, es distinto del árbol, es distinto de la estrella, es independiente, es diferente, pero no es opuesto.
De este modo tenemos que aprender. Y esto es una gran escuela. Porque, si en la familia aprendemos que ser distintos no significa ser distantes ni ser opuestos, entonces, luego, en la sociedad humana, somos capaces también de reconocer nuestras diferencias, de acogernos, de aceptarnos, de apoyarnos mutuamente.
¡Que venga a nosotros el Espíritu de Dios! Sin el Espíritu del Señor que recrea la faz de la tierra, estas palabras no son posibles. Porque, evidentemente, llegamos a recibirnos, llegamos a acogernos mutuamente, sólo cuando nos hemos sentido recibidos, sólo cuando nos hemos sentido acogidos por el amor de Dios.

Y Dios nos ha recibido simplemente en el regazo de Cristo. Los brazos de Cristo en la Cruz son el inmenso regazo de Dios, donde todos cabemos. Por eso, es ahí, es del regazo, es del Corazón de Jesús, de los brazos extendidos de Cristo en la Cruz, de donde puede nacer y renacer la verdadera familia humana, la verdadera familia cristiana.

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