sábado, 18 de febrero de 2017

Inmerecido












Las Bienaventuranzas son el canto de amor, de revolución, de poesía, que surge del corazón de un hombre que ama, y que tiene el corazón al revés de todo el mundo, y que tiene ojos para ver una poesía y una belleza que nadie más estaba viendo.
No pensemos en las Bienaventuranzas como salidas de la mente de un estadista, ni de la mente de un moralista. Pensemos en las Bienaventuranzas como salidas del corazón de un hombre, que porque había vivido estas cosas, porque las estaba viviendo, y porque estaba dispuesto a hacerse matar por estas cosas y se murió por ellas, por eso las dice, porque no pudo hablar de otra cosa.
Así como cuando una persona está llena de ansias de poder, sólo puede hablar de sus proyectos, de sus ambiciones y de sus codicias, porque es lo que lleva dentro del corazón, así como una persona vulgar sólo sabe hablar chistes de doble sentido y sólo puede hacer alusiones a cosas torpes o sucias porque eso es lo único que tiene en el alma; Jesús, cuando se sienta y mira esta multitud, Jesús cuando está frente a la montaña, junto a esos discípulos y junto al cielo, imagen del Cielo Eterno, lo que le sale del alma son estas palabras porque Él las lleva dentro, porque Él las vive.
 La gracia de Dios es siempre algo inmerecido.
Sólo una gracia atrae a otra gracia, como dice San Juan en su prólogo que: “Por Cristo hemos recibido gracia sobre gracia” San juan 1,16. Por eso, se nos invita a contemplar esta pluralidad de las bienaventuranzas, unidad de la bienaventuranza en Jesús.
Jesús dijo varias bienaventuranzas. En Mateo aparecen ocho. En Lucas aparecen cuatro. Jesús habló de varias formas sobre lo que era ese modo de vivir.
Porque de eso es de lo que se trata, de un modo de vivir marcado.
Es el arte de no tener. Por algo se llama pobreza, por algo se llama hambre, por algo se llama desconsuelo. Es el nombre de un vacío que se hace en el alma, pero es un vacío que queda como repleto de esperanza, de ansia.
Es la decisión firmísima de no dejar que nada, sino Dios nos llene. Es la convicción profunda, la convicción irreversible de que no puedo entregar el corazón que Dios hizo sino a Dios que lo hizo.
Ir tras de Jesucristo es hacer un vacío grande como ese de la cruz. Es pasear un absurdo grande por la superficie de esta tierra. ¡Qué poco servicio le han prestado a la Iglesia los que han hablado de la vida religiosa como un modo de plenitud humana! No. Es un modo sublime de estar vacío,  por eso parece una plenitud, precisamente, porque no hay muletas, porque no hay bastones, por eso parece que la persona estuviera llena.
 Si miramos nosotros a Jesucristo, Jesucristo no está pleno, no está lleno, está vacío. Está vacío de sí mismo. Parece que está lleno, porque da mucho; parece que está lleno, porque no pide, porque no se apoya, porque no mendiga de las fuerzas de este mundo, de los poderes de esta tierra.
Parece que está lleno, por eso, porque no pide y porque da; pero es una pura ilusión. Jesucristo no pide de esta tierra, y sí da a esta tierra, porque todo lo recibe y porque completamente depende de Dios, su Padre.
 Jesús se convierte en un canal de las obras y del amor de Dios Padre. Sostenido sólo en el Invisible, agarrado sólo de lo que no se ve. Ese es el Señor que nos ha hablado en el evangelio.
Es el Señor que nos invita a vivir también así: una extraña actitud, una nada en esperanza, un hambre repleta de confianza, una pobreza que enriquece a todos, y no tener repuesta para convertir nuestro silencio en una pregunta a todos los que quieren las cosas de esta tierra.

Pidamos "Crea en mí un inmenso vacío. Hazme de tal manera que nada, sino tú seas mi alimento. Obra así conmigo. Camine yo así por esta tierra, y sáciame después de ella en la dulzura de tu rostro".

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