Atrévete
a ser luz. No digas que Dios "se alejó" si en cambio tú te alejaste
primero. Ponte en el camino del Señor y el Señor saldrá a tu encuentro, y
entonces, bañado en su luz, serás luz.
Tratándose de Nuestro Señor Jesucristo,
todo lo suyo es un bien para nosotros; las alegrías de Jesús son un bien para
nosotros, pero las tristezas de Jesús también son un bien para nosotros; y si
le vemos alegrarse, sus alegría es una enseñanza y purifica nuestro corazón.
Si le escuchamos llorar y gemir como
en Getsemaní, su llanto es pureza de nuestra alma y es enseñanza de nuestro
corazón; todo lo que le pasa a Jesús, lo bueno y lo malo, y todo lo que hace
Jesús, lo que sale de sus manos, todo lo que sale de su Palabra, todo es bondad
y bien para nosotros.
Hay que leer el Evangelio
pensando en estas palabras y pensando en que también cuando le escuchamos,
cuando le descubrimos atacado, incomprendido, también ahí hay una bondad para
nosotros.
Así como su manos son bien para
nosotros, enteras o rotas por los clavos, así también sus enseñanzas son un
bien para nosotros cuando son acogidas y cuando son rechazadas y por eso
nosotros, almas cristianas, debemos sumergirnos y entrar en el Misterio de
Jesucristo cuando es acogido y cuando no es acogido, cuando es amado y cuando
no es amado.
Muchas veces pasará en los Evangelios
que descubrimos secretos maravillosos del alma de Jesucristo precisamente
cuando es más rechazado, esto no es nuevo en el pueblo de Dios, porque ya hace
mucho que sabemos que la dulzura más grande del corazón de Cristo es manifiesta
en el Misterio de la Pasión de Cristo.
Como quien dice, cuando fue más
rechazado, cuando fue escarnecido, insultado, allí precisamente cuando se
abrieron su carnes, pues también allí, y sobre todo allí, pudimos encontrar la
dulzura de Dios.
Así que pasajes en que Cristo no es
aceptado, no es creído, no es acogido debemos mirarlos como anticipaciones de
la Pasión; aquí el rechazo es parcial y en la Pasión, por decirlo así, el
rechazo es total.
Pues así como en la Pasión la totalidad
del rechazo manifiesta la perefección del amor, así también en estos pasajes en
que Cristo es parcialmente rechazado, también hay anticipaciones del amor
sublime que tuvo su expresión en la Pasión.
O sea, que en pasajes como este del
capítulo sexto del evangelio de San Marcos, tenemos anticipaciones del rechazo
total, pero también tenemos anticipaciones de la manifestación total, de la
plenitud del amor de Dios manifiesto en Jesucristo.
Y con esos ataques y con esas insidias
de los que no creían en Él, podemos también descubrir algo parecido a lo que
hicieron los clavos o la lanza en la Pasión de Cristo; esa lanza punzante en la
que el soldado abrió el corazón de Jesucristo, es una lanza llena de nuestra
crueldad, y sin embargo, instrumento de la bondad y de la misericordia de Dios.
Es un gesto de última y descomunal
crueldad que hace el soldado, pero es un gesto maravilloso, incomprensible de
misericordia lo que de allí saca el pueblo de Dios: agua para lavar sus culpas,
sangre para sellar la alianza con Dios Padre.
Entonces, así como esa lanza penetra
las carnes de Cristo, pero nos deja ver el corazón de Dios, así también las
preguntas que hacen los fariseos, los incrédulos, las preguntas con que acosan
a Jesucristo, son como anticipaciones de los clavos y de la lanza; esas
preguntan se abalanzan sobre Nuestro Señor a la manera de los flagelos que tuvo
que soportar en su Pasión.
Pero esos azotes hicieron brotar la
sangre que a nosotros nos limpia, así también estas preguntas, estos acosos
hacen mostrar los tesoros de la sabiduría y de la bondad de Jesús, que son
también una bondad y una sanación y una salvación para nosotros.
Si nosotros pudiéramos tener en
nuestras manos uno de los clavos que atravesó las manos o los pies de
Jesucristo, ¿qué sentiríamos? Pienso que la mismo tiempo horror y amor, esos
clavos manchados por la sangre del Redentor no pueden ser sino horror para
nosotros, en ellos se consumó el crimen más grande de los siglos.
Pero entendiendo que esos clavos fueron
también como las llaves que abrieron la sangre de misericordia para el pueblo
de Dios, seguramente los convertiríamos en reliquias de amor y seguramente
besaríamos con infinita veneración esos instrumentos que son de tortura para el
mundo, pero que son de bondad, misericordia y perdón ante los ojos de Dios.
Esos clavos son, equivalentes a las
preguntas que hoy hacen estos adversarios de Cristo, estos incrédulos;
preguntas repletas de desconfianza, llenas de ironía y de incredulidad, y sin
embargo preguntas que si nosotros las sabemos tomar con devoción, como el que
tomara los clavos de Jesucristo, nos ayudan a descubrir la Sangre de la
redención.
“Cuando llegó el sábado, empezó a
enseñar en la sinagoga, la multitud que lo oía se preguntaba asombrada y
desconfiaban de Él” San
Marcos 6,1-6, dice el
evangelista. Desconfiaban de Él.
Todo lo que quería Jesucristo era mostrar
el rostro de Dios Padre, unirnos con Él; el propósito no puede simplemente ser
mejor, ni más noble, caritativo y santo, sin embargo desconfiaba de Él, no le
creían.
Es una escena semejante a la de la
Pasión, no le creían que fuera Profeta y por eso lo golpeaban con una caña y le
decían: “¡Profetiza! ¿quién lo ha hecho?” San
Marcos 14,65, no le creían.
En la Pasión estaban dispuestos a
golpearlo con la caña y a burlarse de Él, esos parecen amigos o descendientes o
los mismos que ahora, escuchándole manantiales de sabiduría y viendo milagros
en sus manos, desconfían de Él.
San
Marcos 6,2. Si esa pregunta
se hace con fe, se abre la puerta como la lanza del soldado abrió la puerta del
corazón de Cristo y puedes entrar, y casi digo yo, ver a Dios, ¿qué tal esta
pregunta hecha con fe y con amor? Esta pregunta, lamentablemente hecha con
malicia, en este caso es una pregunta que nosotros podemos tomar con toda
benevolencia, con toda humildad, con toda fe para hacérsela a Jesucristo, no
con la altanería del que pretende juzgarle, sino con la humildad del que sabe
que ese es, que Él es nuestro Juez.
Tomemos esas preguntas que se hunden en la carne
del Señor no para juzgar ni torturar esa carne, sino para contemplarla abierta
y para descubrir, a través de la carne, al Verbo que quiso encarnarse para
nuestra salvación
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