lunes, 13 de febrero de 2017

Getsemani






Atrévete a ser luz. No digas que Dios "se alejó" si en cambio tú te alejaste primero. Ponte en el camino del Señor y el Señor saldrá a tu encuentro, y entonces, bañado en su luz, serás luz.


Tratándose de Nuestro Señor Jesucristo, todo lo suyo es un bien para nosotros; las alegrías de Jesús son un bien para nosotros, pero las tristezas de Jesús también son un bien para nosotros; y si le vemos alegrarse, sus alegría es una enseñanza y purifica nuestro corazón.
 Si le escuchamos llorar y gemir como en Getsemaní, su llanto es pureza de nuestra alma y es enseñanza de nuestro corazón; todo lo que le pasa a Jesús, lo bueno y lo malo, y todo lo que hace Jesús, lo que sale de sus manos, todo lo que sale de su Palabra, todo es bondad y bien para nosotros.
Hay que leer el Evangelio pensando en estas palabras y pensando en que también cuando le escuchamos, cuando le descubrimos atacado, incomprendido, también ahí hay una bondad para nosotros.
Así como su manos son bien para nosotros, enteras o rotas por los clavos, así también sus enseñanzas son un bien para nosotros cuando son acogidas y cuando son rechazadas y por eso nosotros, almas cristianas, debemos sumergirnos y entrar en el Misterio de Jesucristo cuando es acogido y cuando no es acogido, cuando es amado y cuando no es amado.
Muchas veces pasará en los Evangelios que descubrimos secretos maravillosos del alma de Jesucristo precisamente cuando es más rechazado, esto no es nuevo en el pueblo de Dios, porque ya hace mucho que sabemos que la dulzura más grande del corazón de Cristo es manifiesta en el Misterio de la Pasión de Cristo.
Como quien dice, cuando fue más rechazado, cuando fue escarnecido, insultado, allí precisamente cuando se abrieron su carnes, pues también allí, y sobre todo allí, pudimos encontrar la dulzura de Dios.
Así que pasajes en que Cristo no es aceptado, no es creído, no es acogido debemos mirarlos como anticipaciones de la Pasión; aquí el rechazo es parcial y en la Pasión, por decirlo así, el rechazo es total.
Pues así como en la Pasión la totalidad del rechazo manifiesta la perefección del amor, así también en estos pasajes en que Cristo es parcialmente rechazado, también hay anticipaciones del amor sublime que tuvo su expresión en la Pasión.
O sea, que en pasajes como este del capítulo sexto del evangelio de San Marcos, tenemos anticipaciones del rechazo total, pero también tenemos anticipaciones de la manifestación total, de la plenitud del amor de Dios manifiesto en Jesucristo.
Y con esos ataques y con esas insidias de los que no creían en Él, podemos también descubrir algo parecido a lo que hicieron los clavos o la lanza en la Pasión de Cristo; esa lanza punzante en la que el soldado abrió el corazón de Jesucristo, es una lanza llena de nuestra crueldad, y sin embargo, instrumento de la bondad y de la misericordia de Dios.
Es un gesto de última y descomunal crueldad que hace el soldado, pero es un gesto maravilloso, incomprensible de misericordia lo que de allí saca el pueblo de Dios: agua para lavar sus culpas, sangre para sellar la alianza con Dios Padre.
Entonces, así como esa lanza penetra las carnes de Cristo, pero nos deja ver el corazón de Dios, así también las preguntas que hacen los fariseos, los incrédulos, las preguntas con que acosan a Jesucristo, son como anticipaciones de los clavos y de la lanza; esas preguntan se abalanzan sobre Nuestro Señor a la manera de los flagelos que tuvo que soportar en su Pasión.
Pero esos azotes hicieron brotar la sangre que a nosotros nos limpia, así también estas preguntas, estos acosos hacen mostrar los tesoros de la sabiduría y de la bondad de Jesús, que son también una bondad y una sanación y una salvación para nosotros.
Si nosotros pudiéramos tener en nuestras manos uno de los clavos que atravesó las manos o los pies de Jesucristo, ¿qué sentiríamos? Pienso que la mismo tiempo horror y amor, esos clavos manchados por la sangre del Redentor no pueden ser sino horror para nosotros, en ellos se consumó el crimen más grande de los siglos.
Pero entendiendo que esos clavos fueron también como las llaves que abrieron la sangre de misericordia para el pueblo de Dios, seguramente los convertiríamos en reliquias de amor y seguramente besaríamos con infinita veneración esos instrumentos que son de tortura para el mundo, pero que son de bondad, misericordia y perdón ante los ojos de Dios.
Esos clavos son, equivalentes a las preguntas que hoy hacen estos adversarios de Cristo, estos incrédulos; preguntas repletas de desconfianza, llenas de ironía y de incredulidad, y sin embargo preguntas que si nosotros las sabemos tomar con devoción, como el que tomara los clavos de Jesucristo, nos ayudan a descubrir la Sangre de la redención.
“Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga, la multitud que lo oía se preguntaba asombrada y desconfiaban de Él” San Marcos 6,1-6, dice el evangelista. Desconfiaban de Él.
Todo lo que quería Jesucristo era mostrar el rostro de Dios Padre, unirnos con Él; el propósito no puede simplemente ser mejor, ni más noble, caritativo y santo, sin embargo desconfiaba de Él, no le creían.
Es una escena semejante a la de la Pasión, no le creían que fuera Profeta y por eso lo golpeaban con una caña y le decían: “¡Profetiza! ¿quién lo ha hecho?” San Marcos 14,65, no le creían.
En la Pasión estaban dispuestos a golpearlo con la caña y a burlarse de Él, esos parecen amigos o descendientes o los mismos que ahora, escuchándole manantiales de sabiduría y viendo milagros en sus manos, desconfían de Él.
 San Marcos 6,2. Si esa pregunta se hace con fe, se abre la puerta como la lanza del soldado abrió la puerta del corazón de Cristo y puedes entrar, y casi digo yo, ver a Dios, ¿qué tal esta pregunta hecha con fe y con amor? Esta pregunta, lamentablemente hecha con malicia, en este caso es una pregunta que nosotros podemos tomar con toda benevolencia, con toda humildad, con toda fe para hacérsela a Jesucristo, no con la altanería del que pretende juzgarle, sino con la humildad del que sabe que ese es, que Él es nuestro Juez.
Tomemos esas preguntas que se hunden en la carne del Señor no para juzgar ni torturar esa carne, sino para contemplarla abierta y para descubrir, a través de la carne, al Verbo que quiso encarnarse para nuestra salvación

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