domingo, 12 de febrero de 2017

Fascinante







Que llegue entonces Jesùs a nuestra vida, toda la vida va a convertir en una parábola maravillosa, en una palabra fascinante, en un diálogo entre Dios Nuestro Señor, y cada uno de nosotros.
Jesús utiliza dos palabras: “la sal y la luz” Este Evangelio es de los más conocidos, y de los más predicados en la historia de la Iglesia.
 Jesucristo dice que sus discípulos son luz del mundo, porque así como la luz permite ver, y en cierto sentido, obliga a ver; así también los discípulos de Jesucristo hacen que se vea lo que antes no estaba.
Los discípulos de Jesucristo, ojalá todos nosotros, hacemos que aparezca ante el mundo lo que no existía, o lo que existía pero no se veía. Para aprender a ser luz, y consiguientemente, para hacer verdaderamente discípulos de Jesucristo es necesario que descubramos primero: ¿cuáles son esas cosas, esas realidades que ahora no se ven, pero que cuando llega Jesucristo aparecen?
Una de ellas, inmensamente escasa, enormemente ausente es: “la misericordia” Hacer visible la misericordia. ¿Qué tal llevar con nuestras obras, y con nuestras palabras misericordia?
 Misericordia queda grabada en el corazón de este cristiano.
 La luz va unida a la sal, y esto es lo propio del cristianismo.
El cristiano es alguien que se mete con: el mundo, el pecado, tiene un encargo, una misión. Misión ardua, incluso, si se vive en el orden, y en la paz de una oficina.
Recibimos el regalo, el encargo, y la responsabilidad de atrevernos a ser luz. A ser distintos. A mostrar una diferencia.
Cuando decimos el Credo, Credo, pensemos: “si estamos dispuestos a asumir el Espíritu de Jesús en nuestra vida, para ser distintos con la distinción de ese Espíritu de ese amor, y de esa Palabra!
 Ese amor no es perdido, oímos esta palabra, salimos tal vez de nuestras casas, separamos este tiempo por ese amor, y somos millones, cientos de millones en todo el mundo y en todas la épocas y los que vendrán después.

Hay algo maravilloso, hay algo grande, hay algo poderoso en ese amor, ese es un amor que convence, el poder del Crucificado es el poder de convencernos, con-vencer, ¡vencer! ¡Cristo vence y Cristo convence en la Cruz!

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