Que llegue entonces Jesùs a nuestra vida, toda la vida va a convertir
en una parábola maravillosa, en una palabra fascinante, en un diálogo entre
Dios Nuestro Señor, y cada uno de nosotros.
Jesús
utiliza dos palabras: “la sal y la luz” Este Evangelio es de los más conocidos,
y de los más predicados en la historia de la Iglesia.
Jesucristo dice que sus discípulos son luz del
mundo, porque así como la luz permite ver, y en cierto sentido, obliga a ver;
así también los discípulos de Jesucristo hacen que se vea lo que antes no
estaba.
Los
discípulos de Jesucristo, ojalá todos nosotros, hacemos que aparezca ante el
mundo lo que no existía, o lo que existía pero no se veía. Para aprender a ser
luz, y consiguientemente, para hacer verdaderamente discípulos de Jesucristo es
necesario que descubramos primero: ¿cuáles son esas cosas, esas realidades que
ahora no se ven, pero que cuando llega Jesucristo aparecen?
Una
de ellas, inmensamente escasa, enormemente ausente es: “la misericordia” Hacer
visible la misericordia. ¿Qué tal llevar con nuestras obras, y con nuestras
palabras misericordia?
Misericordia queda grabada en el corazón de
este cristiano.
La luz va unida a la sal, y esto es lo propio
del cristianismo.
El
cristiano es alguien que se mete con: el mundo, el pecado, tiene un encargo,
una misión. Misión ardua, incluso, si se vive en el orden, y en la paz de una
oficina.
Recibimos
el regalo, el encargo, y la responsabilidad de atrevernos a ser luz. A ser
distintos. A mostrar una diferencia.
Cuando
decimos el Credo, Credo, pensemos: “si estamos dispuestos a asumir el Espíritu
de Jesús en nuestra vida, para ser distintos con la distinción de ese Espíritu
de ese amor, y de esa Palabra!
Ese amor no es perdido, oímos
esta palabra, salimos tal vez de nuestras casas, separamos este tiempo por ese
amor, y somos millones, cientos de millones en todo el mundo y en todas la épocas
y los que vendrán después.
Hay algo maravilloso, hay algo grande,
hay algo poderoso en ese amor, ese es un amor que convence, el poder del
Crucificado es el poder de convencernos, con-vencer, ¡vencer! ¡Cristo vence y
Cristo convence en la Cruz!
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