Él
dio su vida por nosotros, somos adquiridos por Él, le pertenecemos a precio de
Sangre, como dice el Apóstol San Pablo en la Carta a los Colosenses: “Por el
bautismo fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con Él, porque
habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos” Carta a los
Colosenses 2,12-13.
Un
cristiano es alguien que ha creído en la fuerza de Dios, fuerza capaz de
levantar un muerto del sepulcro; un cristiano pertenece a Dios, toda nuestra
vida es de Él.
Escuchamos
la Palabra, oramos y nos alimentamos con la enseñanza y nos alimentamos con los
sacramentos; tenemos nuestras propias vitaminas, tenemos propio alimento.
Nosotros Tenemos que asistir a la iglesia con hambre, con anhelo, con deseo de
escuchar la Palabra, de aprovecharla, de saciarnos en ella, de saborearla.
Abraham
no pertenecía a estos pueblos, él no había nacido ahí; Abraham no había salido
de ahí, ni esos pueblos eran parientes suyos, y era tan grave la situación de
estos pueblos, de estas dos poblaciones que Dios se había resuelto a acabar con
ellos, porque hay vidas que son peores que la misma muerte, y hay veces que la
muerte es una medicina.
Abraham
empieza a interceder, hemos escuchado las súplicas que hace: "¿Y si
hubiera cincuenta justos? Tú" no vas a matar al inocente con el
culpable" "¿Y si hubiera cuarenta y cinco o cuarenta? ¿Y si hubiera
treinta, veinte o diez?" Génesis 18,24-32.
Y
Dios le dijo: "Si hubiera diez justos no destruiría a la
ciudad" Géneis 18,33, pero no alcanzó a ver a las diez personas.
Los
únicos que tenían alguna noción y algún amor a Dios eran Lot, el sobrino de
Abraham, y su familia, menos de diez personas; pero Dios no destruyó al
inocente con el culpable, envió a unos Ángeles para sacar a Lot de aquella
ciudad, ciudad adúltera y fornicada, ciudad orgullosa y vanidosa.
Sacó
de ahí a Lot y fuego y azufre cayó sobre esos poblados, porque hay veces que la
muerte es más leve que una vida de iniquidad y Dios, que es infinito en su
piedad, hay veces que tiene que poner fin a una historia para que no sea
todavía peor.
Pero
nosotros quedémonos con la imagen de Abraham intercediendo, no eran ni siquiera
familia suya, Abraham piensa en la gloria de Dios, y piensa en los inocentes,
ora a veces con temor, con timidez, con pena y le dice que, "no se ofenda
mi Señor" Génesis 18,30|Génesis 18,30.
Cuando
nosotros aceptamos y acogemos a Dios en nuestra vida, Él es el Señor nuestro, y
entonces todas nuestras pasiones, todos nuestros anhelos y todos nuestros
problemas adquieren su justo tamaño .
Los
discípulos se encontraron con Jesús orando y el modo y la intensidad y la
belleza de la oración de Cristo movieron a esa súplica que hemos escuchado
“Señor, enséñanos a orar” San Lucas 11,1;
¡cómo es de importante decirle esto a Dios!
Nosotros
podemos creer que sabemos orar porque sabemos fórmulas de oración, o podemos
creer que sabemos orar porque sabemos canciones hermosas, pero hay un problema,
los discípulos conocían salmos, conocían canciones y conocían formulas de
oración, el problema no es sólo de formulas de oración, el problema es el
corazón, el problema es como está tu corazón ante Dios.
Lo
importante es que tu corazón esté moldeado por el corazón de Jesucristo.
Fíjate
que fue Cristo en oración el que llamó a orar a los discípulos, la manera de
orar de Jesucristo se convirtió en un llamado para orar, de manera que,
primero, las fórmulas no son lo más importante.
Pero
las fórmulas si son útiles o el mismo Jesús oró con los salmos, cuando Jesús
estaba en la cruz dijo, por ejemplo, el salmo 22 que empieza con esas palabras
desgarradoras “Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado” esas palabras que
le alcanzaron a oír a Cristo fueron las que le alcanzaron a oír, pero no fueron
las únicas que El dijo.
Jesús
estaba orando un salmo, y minutos o segundos antes de morir Jesús estaba orando
con otro salmo y dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” Salmo 31,6, esto
se encuentra en el salmo treinta y uno .
Jesús
estaba orando con los salmos. “A tus manos encomiendo mi espíritu” Salmo 31,6, dijo
Jesús; eso fue lo que le alcanzó a oír el que estaba ahí cerquita, pero Jesús
siguió orando más cosas. Ese salmo dice: “A tus manos encomiendo mi espíritu;
tú, el Dios leal, me liberarás” Salmo 31,6.
De
manera que las dos cosas son importantes, que uno no puede quedarse en las
fórmulas, pero que uno sí puede aprovechar las fórmulas.
Es
necesario volver a la Sagrada Escritura, a los salmos y a las oraciones de los
santos.Enseñama Señor a cumplir tu voluntad.
Utilizar
fórmulas como el Santo Rosario, como las novenas aprobadas por la Iglesia, los
devocionales aprobados por la Iglesia, las oraciones de los santos y sobre todo
los salmos y los cánticos de la Sagrada Escritura, orar así educa al corazón
para que no me invente a Dios; yo necesito un Dios no sólo que me apruebe, sino
que me corrija, no sólo que me consienta, sino que me guíe.
La
mejor manera de aprender a orar, con el Padre Nuestro, que nos ha enseñado Jesucristo,
o con otras oraciones semejantes; la mejor manera de aprender a orar se resume
en una estrategia sencillita, orar despacio, es todo lo que se necesita, cuando
uno ora a altas velocidades ni entiende uno ni logra nada.
Hay
personas que rezan el Rosario cuando unos van en “bendita tú eres entre todas
las mujeres, y bendita…”, “Santa María”…., ya arrancó el otro; quítele
velocidad, piense lo que está diciendo, que su corazón sepa sentir lo que dicen
sus palabras, para que luego sus palabras puedan expresar lo que hay en su
corazón.
Jesús
nos invita hoy a orar, a orar con constancia, a orar con amor a orar con
fuerza, a orar con fe, y Abraham nos ha enseñado que incluso en un caso tan
grave como el de Sodoma y Gomorra, la oración de intercesión Dios la escucha, y
Dios sabrá sacar a su pueblo adelante.
Seamos
personas de oración, o mejor, la oración misma en persona.
Jesús,
que nos invita a perseverar orando, nos da como una fórmula de oración, el
Padre Nuestro. Nos dice que pidamos, y recibiremos; que llamemos a la puerta, y
se nos abrirá; que busquemos, y así llegaremos a encontrar.
¡La
oración! Probablemente nosotros, lo mismo que este discípulo que vio a Jesús
orar, tendríamos que decirle al mismo Señor: “Enséñanos a orar”.
Cuando
San Agustín se encontró con Dios, le dijo a Dios: “Tú estabas dentro de mí, y
yo estaba afuera”. En otra ocasión, el mismo Santo dijo: “Dios está más dentro
de nosotros que nosotros mismos”.
Nuestro
tiempo requiere de maestros de oración. Lamentablemente, no hay muchos maestros
de oración.
Por
eso vale la pena que dediquemos un instante a ver cuál es la diferencia entre
la oración que Cristo nos propone, y este género de ejercicios. Supongamos, por
ejemplo, una persona que llega a una iglesia, y ora.
Y
resulta que lo primero que aparece en la oración cristiana, es que está
dirigida a Alguien, ese Alguien a quien llamamos Padre. Nuestra oración es un
encuentro, no es un estado mental.
La
espiritualidad no es un estado mental, no es una manera de sentirse uno. La
espiritualidad cristiana es la obra de una Persona que es el Espíritu Santo,
que obra como Señor y Dador de vida, que transforma, que denuncia, que
consuela, que intercede. San Pablo dice que “gime en nosotros con gemidos
inefables” Carta a los Romanos 8,26.
Entonces
estamos viendo diferencias. En la oración cristiana nos encontramos con
Alguien, es
La
espiritualidad cristiana no se define por ser antimateria, antimaterial o
anticorporal, sino por ser el encuentro con una Persona, que es regalo, que es
don, que es gracia, y que es el Espíritu Santo.
222En
la oración cristiana hay agradecimiento, hay alabanza, hay súplica, hay
intercesión.
Por
consiguiente, nosotros hemos de estar como este discípulo, cerca de Jesús,
orando. La oración más perfecta que tiene la Iglesia Católica es esta, en la
que estamos, una oración que tiene distintas dimensiones y momentos, pero que
tiene una gran unidad, y que se llama la Eucaristía.
En
ella pedimos perdón por nuestros pecados, agradecemos los bienes, nos ofrecemos
a Dios, le alabamos por sus beneficios, le pedimos que nos proteja con su
providencia.
El
mensaje entonces es: “¡No se deje engañar! ¡No pierda el contacto con Alguien,
con el Dios vivo, buscando estados mentales!”
Lo
que Dios promete es mayor, y Él no te va a negar el Espíritu Santo, Espíritu de
Dios vivo, que orará en ti si tú se lo pides.
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