¡Qué triste debe ser para un hombre ver el fracaso de su obra, el
abandono de sus amigos! Jesús ha
fracasado. El fracaso, el deprimente
fracaso, también lo conoció Cristo. El
Señor terminó su vida humanamente en el mayor de los fracasos. Toda su obra destruida, sus Apóstoles
dispersos, su Vicario negándolo, Judas se suicida después de haber sido
traidor... ¡Fracasos! ¿Tememos emprender algo por el fracaso? Pero ¡si no buscamos el éxito sino la gloria
de Dios! Sepamos dejarlo todo por Cristo
y sepamos que después de habernos sacrificado mucho se nos dejará a un lado, se
nos arrinconará... los discípulos queridos no se acordarán; a uno quizás le
negarán el saludo en la calle...
Cristo fracasó humanamente.
Sepamos por Cristo no exigir éxitos, sino los puestos difíciles, los
encargos duros, y cuando fuere necesario aceptar un fracaso, no negarle a
Cristo nuestro Jefe lo que Él tomó y aceptó por mí.
Nuestro amor propio herido se subleva a veces ante un bochorno, un
fracaso, una incomprensión, un chisme.
Enrojezco, pierdo la paz, se me acaba la alegría. En esos momentos pensemos en Cristo. ¿Quién es Él?
Y ¿cómo se le trata? Cuando uno
ha visto esto no tiene ánimo para quejarse...
Su paz y su consuelo. Cuando uno
hace grandes sacrificios externos cuando se ve pospuesto a todos, calumniado,
enfermo... un consuelo parece que tiene al menos el derecho de pedir: la paz
interior, el gozo de darse cuenta que Dios está contento de su sacrificio, el
contemplar en el fondo de su espíritu el rostro sereno de su Padre Dios...
Nosotros lo hemos dejado todo.
No nos quejamos, ¡pero que Dios nos dé facilidad en la oración,
serenidad, consuelo... la satisfacción de vernos crecer en santidad, la
comprensión del sentido de nuestros esfuerzos y de nuestro sacrificio! Si queremos ser discípulos de Cristo
crucificado, hasta eso hemos de renunciar: dame tu amor y gracia que eso me
basta y no pido nada más. Tu amor, aunque
yo ignore que me amas. Que estés tú
contento. Eso basta.
En la noche de Getsemaní y probablemente durante todo el drama de
la pasión triste estuvo el alma de Cristo, triste hasta la muerte, turbado,
angustiado, casi enloquecido de dolor.
Ni siquiera quiso reservarse aquello que hubiera parecido lo menos, la
entereza de mostrarse inaccesible al dolor.
Y ante estos dolores ¡cómo explicarlo! Pero parece que el Hijo se hubiese despojado
de su facultad de ser insensible a fin de ponerse mejor a nivel de su criatura
y de su modo de sufrir.
Y esta desolación interior lo acompañó todo el tiempo de la
Pasión... Triste está su alma hasta la
muerte cuando con sus hombros hundidos bajo el peso de la Cruz camina al
Calvario. Llega un momento en que no
puede ocultar más tiempo su martirio, su muerte anticipada y volviéndose a su
Padre le dice: Dios mío, Dios mío ¿por qué me habéis desamparado?
No le queda más que un sacrificio que ofrecer, el mayor de suyo,
pero en este caso, el menor. Su
vida. Ya la había dado, ya había
entregado todo lo que puede hacer amable la vida, pero quiso dar la vida misma,
y llevar su humana derrota hasta el fin: muerto por nosotros.
¿Dónde podrá encontrarse ni siquiera el símbolo de un amor
semejante? Así amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito.
Me amó a mí, también a mí, y se entregó a la muerte por mí. Un aspecto fundamental de la vida espiritual
es tomar enserio esta realidad; Dios y yo; no la turba... yo. Dios me ama a mí, muere por mí, viene a mí... Un hombre, yo, soy el centro del amor
divino. Lo que hace por mí, lo hace con
infinito amor personal. Si en una
familia la madre ama a cada uno de sus hijos como si fuese el único, y aunque
sean diez los hermanos si uno enferma o muere la madre enferma y quizás llega
hasta morir de dolor porque es su hijo; en forma mucho más perfecta todavía
Dios me ama a mí, y todo lo que hace lo hace por mí...
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