Cuando nosotros vivimos en la gratitud, descubrimos también
todo lo que nos perdemos simplemente por obra del pecado; cuando vivimos en el
agradecimiento a Dios, descubrimos también cuál ha de ser nuestra escala de
valores, qué tiene que ir primero y qué tiene que ir después. volviendo a
nuestra lectura, aquí de lo que se trata es de contar que hay una relación
estrechísima entre ese amor por el que abro el corazón a mi hermano y ese amor
que abre el corazón para mí. Si abro el corazón a mi hermano, en ese mismo acto
estoy abriendo el corazón de Dios para mí. Y eso es lo que se quiere con las
ofrendas de propiciación, con las ofrendas litúrgicas, con los actos de culto.
Pero
ese es sólo un aspecto de la enseñanza, el aspecto que nos enseña a evitar el
extremo del culto vacío. Pero hay personas que entonces horizontalizan
completamente su fe y convierten todos sus actos de amor a Dios como en
equivalentes de actos de amor al prójimo, o como si bastara con amar al prójimo
porque en el prójimo ya está Dios.
Tal
vez no sea la tentación directamente de quienes nos encontramos aquí, o tal vez
sí, pero en todo caso, sí es una tentación que asecha a muchas personas; ver
que su trabajo por la comunidad, que su trabajo por los pobres, que su trabajo
por los necesitados es ya toda su religión.
Y
resulta que esta lectura, así como nos invita a hacer del amor al prójimo el
lugar del culto a Dios, así también nos invita a perfeccionar el amor al
prójimo en la ofrenda litúrgica, y por eso dice: "Honra al Señor con
generosidad, y no seas mezquino en tu ofrenda" Eclesiástico 35,7;
"cuando ofreces pon buena cara, y paga de buena gana los diezmos" Eclesiástico 35,8.
Indudablemente,
ya ahí no se está refiriendo a ningún acto específico de amor al prójimo o con
el prójimo, sino se está refiriendo a actos propiamente religiosos, y está
invitando a que seamos perfectos en el amor a Dios.
De
manera que, valga aquí lo que dijo Jesús en otro contexto: "Lo que Dios ha
unido, que no lo separe el hombre" San Mateo 19,6. Y Dios ha querido que un
mismo amor santifique, unja, sane, eleve nuestra relación con nuestros
hermanos, y al mismo tiempo, nos santifique, nos perdone, nos eleve en los
actos de religión de amor a Dios.
¿Por
qué hemos de separarlos? ¿Por qué buscar vanamente, estérilmente,
mentirosamente un amor a Dios si no amamos a los hermanos? Pero al mismo
tiempo, ¿por qué excluir del amor específicamente a Dios de nuestras relaciones
con los hermanos?
Es
profunda la enseñanza de amor a Dios y al prójimo que nos ha traído esta
lectura.
Que
Cristo Jesús, presente y dador de su propia vida en el Sacrificio
Eucarístico, nos conceda reunir, como lo reunió su Corazón, el perfecto amor a
Dios y el perfecto amor a nuestros hermanos.
Marcel Gabriel Mosoll,a Jesùs Lumen Gentium,Cecilia Parra de Gomèz y Elena Sebastian,Evangeliza fuerte,Antonucci Enrico les gusta las publicaciones.
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