Dedicarse
a la oración y al ministerio de la Palabra, requiere que Dios trabaje
continuamente en nosotros, que Dios nos transforme continuamente. Y es más
difícil para nosotros /as dejarse transformar día a día, que transformar día a
día, sobre todo cuando se tiene poder, cuando se tiene control, cuando se tiene
una economía para manejar.
Esteban,
sabemos que murió mártir; es el primer mártir de la Iglesia. Y Felipe fue aquel
predicador carismático, poseído por el Espíritu, que entre otras cosas, se encontró
con el etíope e hizo una cantidad de milagros en Samaría.
Esteban y Felipe, no se les presenta en
labores de mucha administración de obras de misericordia, sino más bien, en una
obra de predicación, en una obra de testimonio, que en el caso de Esteban,
llegó hasta el punto del martirio.
La
Iglesia también tiene mucha gente que no brilla como brilló Esteban, que no
aparece como apareció Felipe, gente que simplemente está ahí, resolviendo un
problema, haciendo una obra de amor, ayudando a mantener la unidad de la
Iglesia.
Nunca
salen en la lectura de la Misa, y sin embargo, están ahí, ayudando a cohesionar
la Iglesia. Seguramente pertenecen a esos hombres, que tomaron muy a pecho lo
que dijo Jesucristo: "Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda" San Mateo 6,3.
Con
su obra de amor desinteresado y oculto, ayudan al sostenimiento de la Iglesia.
Por eso Hay una vocación de amor, hay una vocación de servicio, que más allá
que la administración de unas cuentas, o de unos víveres, o de unas ropas, es
sostener la unidad de la Iglesia. Agradezcamos
al Señor el ministerio de la Palabra. Pidamosle a Dios, como hacemos con esas
oraciones piadosas, que nos dé sacerdotes santos, sacerdotes santos,
predicadores, hombres entregados como Santo Domingo de Guzmán a la oración y al
ministerio.
Que
nos regale muchos corazones humildes, llenos de amor, capaces de entregar su
vida, aunque nadie les celebre, aunque sus nombres nunca aparezcan.
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