sábado, 20 de mayo de 2017

Empuja

Cristo no cede a eso, Cristo no abre sus misterios a la curiosidad sino al amor, y por eso a Cristo se le entiende, no desde la curiosidad, que es presuntuosa y que quiere controlar; a Cristo se le entiende desde la escucha, desde el silencio, desde la intimidad, desde el amor.
Por eso es muy probable, que sepan más de los misterios eucarísticos las almas más contemplativas que las almas más brillantes. A veces el brillo deslumbra al que lo tiene, mientras que el verdadero contemplativo sabe ese lenguaje de intimidad que es el que revela los misterios.
De manera que Cristo lo primero que hace para conducirnos hacia la fe es cerrar la puerta, y de pronto con un poquito de violencia, cerrar la puerta a la curiosidad: "¡Curiosos a mí, fuera!" Y cierra la puerta Cristo.
Y por eso las palabras de Él, sobre todo las primeras, suenan muy duro: "Os lo aseguro, me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros" San Juan 6,26."Consiguieron mercado gratis, ¿no?"
Esa dureza de Jesucristo confronta a la persona con su propia intención. Es lo mismo, -claro que en aquella otra ocasión fue mucho más suave Nuestro Señor-, es lo mismo que pasó al principio de este mismo evangelio de Juan.
Por allá, el Señor Jesús, estaba cerca del Jordán, y Juan el Bautista les dijo a unos discípulos de él, discípulos de Juan: "Ese es el Cordero de Dios" San Juan 1,36, y entonces ellos fueron allá, iban siguiendo a Cristo, entre esos estaba Andrés, Andrés, el hermano de Pedro, iban siguiendo a Cristo.
Y entonces, más o menos la pregunta que hizo Cristo, fue: "Qué quieren? ¿Qué buscan?" San Juan 1,38. Es decir, Cristo nos devuelve a nuestra intención: "Qué es lo que tú quieres? Tú te acercas a mí, pero ¿con qué corazón vienes? ¿Buscas al mago? ¿Buscas deleitar tu curiosidad? ¿Buscas mercado gratis? ¿Qué buscas tú en mí?"
Esa pregunta, cuando la tomamos con toda la seriedad con que la pronuncia Jesucristo, esa pregunta nos lleva a algo maravilloso, nos lleva a la verdad de nuestro corazón. Y eso es grande, porque en la verdad de nuestro corazón tenemos que reconocer todo lo que somos, creaturas necesitadas, pecadores urgidos de misericordia.
En la verdad de nuestro corazón encontramos que hemos sido hechos para Dios; en la verdad de nuestro corazón nos encontramos, no con los impulsos de la carne y de la sangre, no con los impulsos del interés personal, no con los impulsos de la conveniencia; en la verdad de nuestra alma nos encontramos con el impulso que nos da el mismos Dios.
Por eso dice Cristo en el evangelio de Juan: "Nadie viene a mí si el padre no la atrae" San Juan 6,44.
De manera que Jesús, cuando nos obliga a volver sobre nuestra intención, no está simplemente humillándonos, ni incomodándonos, sino nos está obligando a llegar a la sinceridad de lo que somos, y más allá de eso, quiere que nosotros conectemos con el impulso, que no viene de nosotros mismos, sino de Papá Dios.
Cristo quiere que encontremos en nosotros el impulso que viene de Papá Dios. Es una cosa bonita. Santos que ha tenido nuestra Orden, como la amada Catalina de Siena, tuvieron esa experiencia.
Cuando Catalina empieza a descender en la realidad de su propio ser de mujer, de cristiana, de creatura, de ser humano, cuando ella empieza a bajar, bajar, ayudada por la lumbre de Cristo va bajando, llega un momento en el que siente que en el fondo mismo de su ser lo que palpa es la mano de Dios Creador.
Tiene que ser una experiencia fantástica, poder bajar dentro de nosotros mismos hasta sentir que existimos solamente por Él, que Él verdaderamente nos ha creado y nos sostiene, y que es Él el que nos envía, el que nos empuja, por la gracia de su Espíritu, nos empuja hacia Jesucristo.
Cuando nosotros hacemos este recorrido interior, y cuando nosotros nos encontramos, o como dicen por aquí, nos "topamos" con las manos del Dios Creador que nos ama, en ese momento podemos descubrir lo que 

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