Dios
nos quiere no sólo sanos, sino completamente sanos: del cuerpo y alma. Y
también en nuestras relaciones interpersonales. En ningún retiro he dejado de
ver sanaciones sensibles. Pero esto no quiere decir que todos los enfermos
deban ser sanados. Los milagros son signos del poder de Dios, que muestran que
Jesús está vivo y sirven para el crecimiento de nuestra fe.
No conviene orar
por sanación sin evangelizar. No debemos comenzar a orar por sanación física de
golpe, sin preocuparnos de la vida espiritual del enfermo. Si nos dicen que
está muy lejos de Dios, debemos ayudarle a que se arrepienta de sus pecados.
El caso del
paralítico a quien primero se le perdonó el pecado y luego se le sanó, es
clásico para trabajar en este ministerio. Si el ministerio de sanación se
redujera a la sanación física, sin preocuparse de la vida de fe, no valdría la
pena tener ese carisma.
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