Es obvio que el Sucesor de Pedro no es elegido según cálculos geopolíticos. No ha sido elegido el Cardenal Bergoglio, in primis, por el hecho de ser argentino, latinoamericano. Se elige una persona que se considera que reúne experiencias y capacidades aptas para responder adecuadamente, tempestivamente, como pastor universal, a las necesidades, exigencias y desafíos que se plantean a la misión dela Iglesiaen una determinada fase histórica. Pero la persona es siempre – como diría Ortega y Gasset – el yo y sus circunstancias y las circunstancias de ser latinoamericano no resultan, por cierto, un hecho indiferente o meramente adjetivo.
El Papa Francisco es argentino, pero estoy seguro que tiene la conciencia, el orgullo y la proyección de identificarse también como latinoamericano, partícipe de ese círculo alargado de fraternidad y solidaridad, de esa originalidad histórico-cultural que llamamos América Latina, simbolizada luminosamente en el rostro mestizo de María de Guadalupe. Por formación cultural, el Padre/Obispo/Cardenal Bergoglio ha tenido siempre bien presente ese horizonte de la “Patria Grande”, de la “Nación latinoamericana”, como ama definir a América Latina. Tengo la legítima impresión de que la presencia del Cardenal Claudio Hummes junto al Papa Francisco en el balcón y momento del anuncio del nuevo papa no se debió sólo a la amistad declarada entre ellos, sino que sirvió además para mostrar esa imagen, ese eje Argentina Brasil, que evoca a toda América Latina, hispano y luso parlante.
Desde hace dos años, cuando asumí la responsabilidad de Secretario dela Comisión Pontificia para América Latina no me canso de destacar que más del 40% de los católicos de todo el planeta son latinoamericanos. Y que si sumamos los 52 millones de hispanos que viven en Estados Unidos estamos por el 50%, recordando también que dentro de unos 15 años los hispanos constituirán el 50% de los católicos de ese gran país. Los números no lo dicen todo, pero quienes no tienen en cuenta el peso de los números o son muy distraídos o son tontos.
Durante el viaje que lo llevaba a San Pablo, en esas ruedas de prensa informales que se organizan en el avión, un periodista le preguntó a S.S. Benedicto XVI por su presunto eurocentrismo, y el Papa le respondió textualmente: “estoy convencido que aquí se decide, al menos en parte y en una parte fundamental el futuro dela Iglesia católica: esto para mí ha sido siempre evidente”.
No es tampoco pura coincidencia que la elección de un Papa latinoamericano tenga lugar en tiempos en que América Latina se presenta como una región emergente en la escena mundial, sostenida por diez años de significativo crecimiento económico, de reducción progresiva de la pobreza, de mayor integración económica y política, de diversificación de sus relaciones políticas y comerciales, de más protagonismo en los diversos ámbitos, instituciones y alianzas internacionales. Me permito citarme, en mi libro sobre “Una apuesta por América Latina”, cuando en el capítulo titulado “La hora dela Iglesia en América”: escribía: América Latina, como región emergente, es “mediación singular” entre los mundos hiperdesarrollados y los pueblos pobres y naciones periféricas y dependientes. Ocupa el lugar de una “clase media” en la comunidad internacional, con una comunicación a 360 grados, sea con las áreas del Occidente desarrollado, sea con las regiones del Sur del mundo. Y crecen sus vínculos conla India, China y el Extremo Oriente asiático (pensemos en la “alianza del Pacífico). América Latina es un extremo Occidente mestizo. “La herencia de Occidente, la tradición católica y la incorporación en los dinamismos de la globalización encuentran en América Latina un terreno privilegiado y un banco de prueba decisivo”.
Ahora bien, el hecho de un Papa latinoamericano no puede limitarse a ser motivo de sano y legítimo orgullo entre nuestras gentes sino de acrecidas responsabilidades. La Providencia pone a la Iglesia, pueblos y naciones de América Latina en una situación singular. Un salto cualitativo de exigencias y desafíos se le plantean.
La primera es la de dar renovado ardor, ímpetu, irradiación, en los hechos y no en la retórica eclesiástica, a la “misión continental”, propuesta y experiencia que el Papa Francisco lleva ciertamente en su corazón desde el extraordinario acontecimiento de “Aparecida” y la experiencia subsiguiente. ¿Acaso no se advierte ya que el papa Francisco está atrayendo a tantas personas que por muy diversos motivos se habían alejado de la Iglesia? ¿No es él quien llama e impulsa a evitar toda autorreferencialidad y ensimismamiento eclesiásticos para ser enviados a compartir el Evangelio en todas las periferias humanas del sufrimiento, de la pobreza, de la indiferencia? Una oportunidad providencial, educativa y misionera, se plantea ya respecto a los millones de jóvenes latinoamericanos que participarán en la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, sea en la inmediata preparación, en la realización y en el seguimiento posterior de ese gran evento, para que la tradición cristiana se haga carne y sangre de las nuevas generaciones.
No pocos artículos periodísticos en Europa han visto el pontificado de Francisco a modo de reacción contra el crecimiento de comunidades cristianas evangélicas y sectas, así como la difusión del secularismo, en América Latina. Mucho más que reacción contra secularismo y sectas, el Papa Francisco es muy propositito: invita a compartir la belleza de la experiencia cristiana, por desborde de gratitud y alegría en el encuentro con Jesucristo. Transmite el Evangelio sine glosa. Está mostrando con su ejemplo y palabras lo que quiere de todos los Pastores como cercanía misericordiosa y evangelizadora a su propio pueblo, así como lo que quiere de todos los bautizados. Ya sacude de los letargos y de las aparentes comodidades a quienes pretenden seguir viviendo de rentas de un patrimonio cristiano sometido a fuerte erosión. Despertará a muchos cristianos dormidos, quedará más alimentada aún la religiosidad popular y sus manifestaciones, crecerá el sentido de pertenencia ala Iglesia católica. Pondrá, en efecto, ala Iglesia y a los pueblos latinoamericanos en “movimiento”.