Descubrir la razón de la verdadera alegría supone en primer lugar ir al fondo de cada sonrisa, de cada gesto amable y caritativo, de cada amanecer y atardecer, de cada detalle tierno… y ver a lo que está remitiendo: si a sí mismos o a algo mucho más grande. No a algo, sino a Alguien mucho mayor.
Cuando se quiere y se pide vivir así intensamente la vida, cuando todo se entiende como gracia y don de Dios, sea lo que sea, y éste puede ser el siguiente paso, todo se vuelve de otra manera. No cambian los ojos, no, pero sí la forma de mirarlo todo, de comprender el origen, la unidad y consistencia de la existencia entera. Recobramos la confianza y la esperanza en que Alguien vela y cuida de todo, que es Padre providente y bueno con nosotros.
Incluso en medio del dolor, de la prueba, está presente porque antes su Hijo, su rostro encarnado entre nosotros, ha realizado la experiencia que nos toca vivir, llevando en sí todo el peso del mal, la enfermedad y la muerte que nos han venido por el pecado. Su Gracia vale más que la vida y es sobreabundante para que no haya nada que nos pueda separar de Él. Él ha triunfado, ha resucitado y es nuestra esperanza.
¡Que nuestro Salvador Jesucristo haga vivir, en nuestro corazón, familia, parroquia , el surtidor de alegría que Él nos da, que salta hasta la vida eterna!
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