sábado, 20 de abril de 2013

Rostro



La caridad cristiana es altamente apreciada en su aspecto material. Las estadísticas hablan claro, incluso en países donde los cristianos están en minoría. Donde llegan los misioneros o institutos religiosos, nacen hospitales, escuelas, centros de acogida, universidades, etc. Son obras bien visibles y gozan de un alto perfil.
Hay otro rostro de la caridad cristiana que es un poco menos visible y por esto también un poco menos popular: la llamada “caridad intelectual”, tan amada por Benedicto XVI. Este rostro de la caridad es menos visible porque está más escondido, es un fermento lento, una labor minuciosa y lenta envuelta por la paciencia y la esperanza en espera de que brote y crezca la flor de la fe.
Los dos rostros del amor cristiano son sin embargo inseparables: la madre Teresa, célebre en todo el mundo y en varias tradiciones religiosas por su “caridad material” solía recordar a sus hermanas: “nosotras no somos asistentes sociales, somos esposas de Jesucristo”. Con esto la santa de Calcuta ponía en claro el hecho de que la caridad material no es la realidad última.
Reducir al otro solo a una boca que alimentar es disminuir su identidad y desconocer su alta vocación. La verdadera caridad, cumplimiento del amor práctico es la de abrir a las personas el conocimiento del Gran Misterio: el del Amor del padre al hombre en Jesucristo. Es permitir a toda persona decir con el mismo sentir personal de un Pablo: “Me ha amado, y se ha entregado a sí mismo por mí” (Gal 2,20). Es tener el ardor de anunciarles la vida eterna que Jesús resume así: “esta es la vida eterna: que te conozcan, el único verdadero Dios, y a aquél que has mandado, Jesucristo”.



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