Sabemos que la mayor parte de los apóstoles murieron derramando su sangre por Cristo. Es decir, finalmente fueron apresados en alguna parte, muchos de ellos torturados y finalmente asesinados. Sin embargo, la primera lectura de hoy nos presenta una liberación milagrosa, cuando un ángel les abre las puertas de la cárcel y los invita a seguir enseñando en el templo. Cosa que parece extraña, porque al predicar en el templo seguían junto a los que los habían capturado, de modo que poco podía esperarse que durara su recién adquirida libertad. En efecto, el relato termina en que los encierran nuevamente. Así que uno se pregunta para qué se hizo un milagro tan espectacular.
El objetivo del milagro no fue evitarles penalidades simplemente. La vida de los apóstoles fue un camino de sufrimientos y de hecho ya hemos escuchado que ellos consideraban una bendición sufrir por Cristo y por el Evangelio. Esta liberación fue más una señal que una solución. ¿Señal de qué? Señal ante todo de la libertad de la Palabra. Como diciendo a aquellas autoridades: "las cadenas de ustedes jamás detendrán el avance del Evangelio." Y así fue en realidad, como viene a demostrarlo el resto de este libro de los Hechos.
La escena del diálogo con Nicodemo es el contexto literario en que Juan nos presenta a Jesús hablando de su propia misión. Así como San Lucas nos muestra a Jesús en la sinagoga proclamando el bellísimo texto de Isaías, "el Espíritu del Señor está sobre mí...," y hace de ese texto el "programa" del ministerio de Nuestro Señor, así aquí Juan, también muy al comienzo de su propio relato, nos presenta el "programa" de Jesús en el ambiente de un diálogo con el gran maestro de la ley judía. El propósito es doble: situar a Jesús frente a las preguntas y búsquedas de los judíos de aquel tiempo y a la vez introducir el lenguaje que nos servirá para leer los signos de Jesús a lo largo de todo este evangelio.
Las palabras del Señor en el evangelio son la fe, es el hecho de creer. Aquel que cree en el Hijo alcanza salvación y vida eterna; "el que no cree, ya está condenado." No creer es preferir la tiniebla, y por eso trae condenación; creer, en cambio, es acoger la luz, es no temer la verdad. Estas son las palabras básicas que habremos de necesitar para irnos adentrando e el Evangelio de San Juan.
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