La oración de los discípulos parece intentar resumir lo que han visto a lo largo de su caminar con Jesús; en la práctica esencial cuando el amor se intensifica, esta oración se convierte en otra respiración de la que no podemos presindir es maravillosa necesidad vital diálogo que necesitamos, es un testimonio del acontecer del Reino en lo inédito del ministerio de Jesús: “¡Dichosos los ojos que ven lo que veis!” (10,23-24). El primer testimonio de los discípulos en los Hechos de los Apóstoles consistirá en proclamar a todo el mundo “las maravillas de Dios” (Hechos 2,11).
En labios de los discípulos aparece una palabra ¡Rey!, “Bendito el Rey que viene…”. En realidad esto no hace más que interpretar el sentido genuino del saludo, el cual en principio era dirigido al rey, en los tiempos de la monarquía, cuando él se aproximaba al Templo para hacer la oración. Para los tiempos mesiánicos Zacarías 9,9 había profetizado: “¡Exulta sin freno, hija de Sión, / grita de alegría, hija de Jerusalén! / He aquí que viene a ti tu rey:…”. Antes de la entrada a Jerusalén, la última enseñanza de Jesús había sido la parábola de uno que había viajado a recibir la investidura real (ver 19,15). Jesús anunció la llegada próxima de su reinado y también el rechazo que recibiría..
La “paz” en Lucas es signo de la salvación de Dios, pues bien ésta ha sido enviada desde el cielo en la persona de Jesús, todavía no ha llegado a Jerusalén, quien de hecho la rechazará (“¡Si tú también conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculta a tus ojos”. Durante la pasión de Jesús, Herodes y Pilatos harán las paces (ver 23,12) y desde la Cruz de Jesús vendrá la reconciliación entre Dios y los seres humanos. Esto se recordará en la predicación misionera: “Él ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos” (Hechos 10,36).
La conversión con el cincel de la Palabra ayuda a que emerja el ser humano nuevo en que nos hace Cristo. Es un tiempo propicio, de trabajo intenso de Dios en nosotros. Lo hacemos emprendiendo un viaje de cuarenta días que nos lleva hacia la inmersión bautismal en el Señor Crucificado y Resucitado.
Ante todo volver a encontrarnos con nuestra propia verdad y autenticidad desnudando el corazón en la presencia del Señor.
Lo único que nos podrá distinguir será la unificación de la vida desde lo hondo del corazón que sólo el Padre conoce bien, El a quien no escapa ninguna de nuestras inquietudes y anhelos...
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