En
realidad en todo acto bueno estamos abriendo la puerta a Dios para que derrame
y relice su bondad a través de nosotros. Pero el resumen de toda bondad es el
amor, y es importante que a uno no se le olvide amar.
Siendo
yo un estudiante de teología fui a confesarme con un sacerdote de nuestra casa
de formación. Presenté mi lista de miserias, y esperaba yo una lista de
recomendaciones, pero el padre en cuestión, un hombre ya mayor, en vez de hacer
como un recuento detallado de lo que yo le había dicho, y en vez de presentar
una lista detallada de recomendaciones, lo que hizo fue tomarme del brazo y
decirme: "Que no se te olvide amar a Dios".
De
un solo golpe estaba regresando él mi corazón a lo central: entre tantas cosas
que hay que hacer, que no se nos ovide amar; entre tantas cosas que hay que
decir, que no se nos olvide pronunciar aquello que da testimonio del amor, y
proclamar el amor que hemos recibido.
Que
no se te olvide amar. Yo creo que esa puede ser la mejor conclusión de neuestro
retiro espiritual. Que no se nos olvide amar, que empeñemos lo que quede de
nuestra vida exactamente en eso. Así decía San Juan de la Cruz: "Que ya mi
ejercicio está en amar, o es en amar". Y también él mismo tiene su famosa
frase: "En el atardecer de la vida nos examinarán en el amor".
Pidamos
al Señor que el amor ocupe el lugar que le corresponde en nuestra vida. La
necesidad de aprender tantas cosas que hay que aprender, y capacitarse en todo
lo que uno tiene que capacitarse, responder a tantos frentes, hacer tantas
tareas, uno puede dispersarse en todo eso.
Que
Dios suavemente y eficazmente nos recuerde la primacía de este mandamiento, y
que Él mismo lo realice en nosotros.
El Espíritu Santo es como un nuevo pacto, es
como la nueva alianza; Santo Tomás de Aquino dice: “Es la nueva ley”. Nosotros
ya no somos guiados por una ley que está grabada en piedra, hay otra ley que
obra en nosotros, es norma nuestra, es el Espíritu Santo.
¡Qué
hermoso es conocer del Espíritu Santo! En el evangelio le dan nombre al
Espíritu Santo, una especie de título, lo llama: “El dedo de Dios”, una
expresión que sirve para que conozcamos un poquito más del Espíritu Santo, para
que lo amemos más y para que nos dejemos llevar por su maravilloso poder.
El
índice, el dedo de Dios nos señale, qué más quisiéramos hoy sino que Cristo
Jesús, aquí presente, dijera: “Tú”; qué lindo que Cristo me señale pero que
Cristo, según sus propias palabras, no vino al mundo para condenarlo sino para
salvarlo.
El
dedo de Dios sirve para señalar la salvación. Dios me señale, ¡qué hermoso! Que Dios ponga
sus ojos en mí y me señale, algo ha de estar pensando conmigo.
Nosotros,
encontramos en la Biblia que Cristo señaló algunas personas, por ejemplo, una
vez estaban los Apóstoles discutiendo cuál de ellos era el más importante y
Cristo señaló a un niño y los llamó y le dijo, “Mire, hay que ser como este
niño para entrar en el Reino de los cielos” San Marcos 10,14.
Otra
vez estaba Cristo entrando a una ciudad y un hombre que era un gran pecador,
que se llamaba Zaqueo y que además era un gran enano porque era muy bajito; se
trepó a un árbol y desde allí, estaba aguardando a Cristo para ver quién era y
Cristo lo señaló: “Tú, tengo que quedarme en tu casa” San Lucas 19,5.
¡Qué
suerte, qué cosa tan buena! Cristo señaló a este hombre y desde que Cristo lo
señaló, le cambió la vida, porque Él se quedó en la casa de Zaqueo y entonces
vino la conversión para él. ¡Qué bueno es que Cristo lo señale a uno!
Hay
una canción muy bonita, que se llama "Pescador de Hombres", ésa se
refiere también a otro momento, en que Cristo señaló también a unos hombres: a
Pedro y a su hermano Andrés, a Santiago y a su hermano Juan, dos parejas de
hermanos.
Cristo
los señalo a ellos, si no con la mano, lo hizo con la voz y con la mirada y eso
nos recuerda esa canción: "Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has
dicho mi nombre"; te fijaste en mí, me señalaste, ¡qué suerte para mí!
Muchas veces, Cristo pone su atención y señala a la gente que nadie esperaría
que señalara.
En
la época de Cristo, le tenían mucho odio a los cobradores de impuesto, que se
llamaban los publicanos, les tenían un odio terrible porque eran gente injusta
y cruel; nadie hubiera esperado que Cristo se fijara en un publicano, un
cobrador de impuestos y sin embargo, Cristo iba de camino una vez y estaba un
hombre llamado Mateo, que era cobrador de impuestos, y Cristo lo señaló, se
fijó en él, le prestó atención y le dijo: "Sígueme" San Mateo 9,9.
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