sábado, 10 de junio de 2017







El Espíritu Santo que ungió a Jesús viene a nosotros, y desde nosotros, desde lo más profundo de nuestro ser, desde esa región tan íntima que ni siquiera tiene nombre en nuestras propias vidas, desde ahí, desde las entrañas de nuestro ser hace brotar una oración purísima, una oración que es concorde plenamente con aquello que pronunciaron los labios de Jesucristo, el Padrenuestro.
El tiempo pascual tiene como esos dos centros al mismo tiempo estamos recordando la victoria de Cristo y preparando la efusión del Espíritu, es decir, la fiesta de Pentecostés, esa es la fiesta hermosa.Espíritu Santo que ungió a Jesucristo, viene a nuestros corazones para que nosotros oremos, vivamos y actuemos como Jesucristo reconociendo a Dios Padre. Ahí está la Trinidad, y ese es el misterio que celebramos .
Está el Espíritu que viene a nosotros, está Cristo que nos enseña y está el Padre Celestial de quien procede Cristo y de quien procede el Espíritu.
El Padre Celestial es la fuente de donde hemos recibido toda bendición, por eso los Padre de la Iglesia, antiguos y santos predicadores, hablaban del Hijo y del Espíritu como las dos manos, los dos brazos de Dios Padre.
Papá Dios nos abraza con el Hijo y con el Espíritu y nos acerca a su corazón. Y ese abrazo paterno, ese abrazo vital del Espíritu, eso es lo que nosotros queremos celebrar; ese brazo vital que es del Espíritu y que es de Cristo, pero que tiene su fuente en el Padre, ese abrazo de nuestro Padre Dios que nos recoge, que recoge todo nuestro ser, que recoge nuestros anhelos más profundos, que recoge nuestras esperanzas más íntimas, nuestras alegrías más puras, eso celebramos en esta hermosa fiesta de la Santísima Trinidad.
Y por eso yo quiero destacar aquella frase que está en la conclusión de la Segunda Carta a los Corintios, eso es allá en el capítulo trece, cuando dice el Apóstol San Pablo: "La gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios nuestro Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes" 2 Corintios 13,13.
Ahí está la Trinidad, ahí está el misterio de Dios para que lo recibas, para que lo vivas, para que lo abraces.

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