El sentido de lo bello es un
instinto inmortal, profundamente enraizado en el espíritu del hombre. Es el que
le proporciona delicias en múltiples formas de sonidos, aromas y sentimientos
entre los cuales habita. Así como el lirio se refleja en el lago y los ojos de
Amarilis en el espejo, así la mera repetición oral o escrita de esas formas,
sonidos, colores, aromas y sentimientos, es una duplicada fuente de placer.
Los seres humanos estamos hechos para la belleza.
No sólo para el alimento, el trabajo, el descanso, el conocimiento o el
lenguaje. También y muy principalmente para la belleza. Por eso nunca nos
cansamos de admirar la primavera y el otoño, ni de contemplar la Vista
de Delft o la Piedad de Miguel Ángel, ni de
escuchar La flauta mágica Por estar hechos para la belleza
buscamos, siempre y sobre todo, el amor. La llamada de la belleza no es una
urgencia fisiológica, ni tiene valor biológico de superviviencia, pero es
inequívoca y constante, y está estrechamente relacionada con la aspiración
humana a la plenitud. Stendhal dijo magníficamente que "la belleza es una
promesa de felicidad". La experiencia estética, tanto en la creación
artística como en la contemplación de la belleza, tiene un alto valor ético y
pedagógico, pues nos enseña y nos hace mejores. Platón decía que el alma
humana, a través del amor a la belleza, se eleva desde sus carencias e
imperfecciones hasta la plenitud de la verdad y del bien: por eso la belleza y
el amor serán los objetos primeros del filosofar. Ello es posible, de entrada,
porque el sentir humano es un sentir estético. La estética (del griego aisthesis,
sensación), es la reflexión sobre la capacidad humana de sentir la belleza, que
en su origen es siempre percibida por los sentidos.
La llamada de la belleza no parece
responder a ninguna necesidad concreta. Los hombres primitivos hicieron cuencas
de arcilla cocida para aplacar con más facilidad su hambre y su sed, y también
para conservar y trasladar mejor la comida y la bebida. Lo que no sabemos es
por qué adornaron sus vasijas con una cenefa de figuras geométricas. Esa
decoración no sirve para nada, no cumple ninguna finalidad biológica, y por eso
mismo revela que los hombres no sólo buscan satisfacer sus necesidades, sino
lograr también que las cosas sean o parezcan hermosas. Una necesidad, como
hemos dicho, que no parece tener nada de fisiológica, y sí de espiritual.
Definir la belleza es posible e
insatisfactorio al mismo tiempo. Decir, que lo bello se basa
en la armonía y la simetría, o que se trata de un sentimiento subjetivo, o que
es el resplandor del bien, es manifestar la indefinición del concepto. En
su Crítica del juicio, Kant afirma que "es bello lo que complace
universalmente sin concepto". No quiere decir que todos coincidamos en
estimar hermosas las mismas cosas, sino más bien que sólo llamamos
"bello" a lo que sentimos que debe ser considerado así por todo el
mundo. Si el concepto es lo que sirve para identificar y explicar una realidad
determinada, afirmar que lo bello "no tiene concepto" significa que
no tenemos un criterio seguro para identificar y evaluar la belleza. Podemos
identificar conceptualmente un cielo estrellado y un templo dórico, pero no
tenemos una regla o un modelo que nos permita establecer si el cielo y el
templo son hermosos, ni en qué medida, ni por qué lo son.
La estética tiene dos grandes ámbitos de
estudio: la naturaleza y el arte. En ambos casos, lo que admiramos es la
belleza. El arte es un hecho específico del ser humano. Ni el nido del pájaro
ni su bellísimo canto son obras de arte, porque no responden a su libertad
creativa. Por tanto, no es la belleza lo que marca la diferencia, sino la
creatividad humana.
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