De aquí vamos a sacar dos
enseñanzas para nosotros. Primera, fíjate como Dios sabe transformar las cosas
malas en cosas buenas. José permaneció pegado a Dios, y Dios le transformó una
desgracia terrible en una oportunidad magnifica; Dios no le cambió el corazón a
los hermanos de José, ellos lo odiaban y Dios dejó que lo odiaran.
Dios, nuestro Dios, no es un Dios “mágico”, Dios no nos va a
quitar los problemas por arte de magia, Dios no va a suprimir las luchas y los
odios por arte de magia, pero, a través de esos mismos odios, a través de esas
mismas luchas, Dios va abriendo un camino sorprendente, un camino inesperado.
¿A quién se le hubiera ocurrido que José, que estaba en la peor
desgracia metido en ese algibe seco, y que luego lo sacaron para venderlo, a
quién se le hubiera ocurrido, por Dios, que ese era el comienzo de una gran
bendición para él?
Seguramente a nosotros no se nos hubiera ocurrido eso,
seguramente nosotros hubiéramos dicho: "¡Pobre José! Ese es el resultado
de toda su confianza en Dios; ¡pobre José! Ahí quedó probado que lo único que
vale es la violencia; ¡pobre José! ¡ Y qué raza maldita esta raza humana que no
sabe sino destruir a la gente!" Y hubiéramos dicho otras tonterías como
esas.
No hay que hablar así, aunque veamos a José vendido como
esclavo, humillado, injustamente tratado, vendido, traicionado, aunque veamos
así a José, y José puede estar cerca de nosotros en estas casas, en estos
barrios, en estos pueblos; aunque veamos a José así perseguido, injustamente
tratado, nosotros no debemos hablar mal de Dios, ni hablar mal de la raza
humana, ni hablar mal de la historia, ni de las circunstancias.
Porque no sabemos qué está
preparando Dios y Dios sabe preparar sorpresas que nadie se imagina, esa es la
gran enseñanza que tenemos que tomar nosotros: ¡no sabemos qué esté preparando
Dios! Eso es lo grande, amar sabiendo que pasó lo que pasó. Por eso,
no hay que pensar que lo mejor del perdón es el olvido, no. Lo mejor del perdón
es amar sabiendo que pasó lo que pasó. Y aquí es donde viene lo misterioso,
pero también lo grande del perdón, porque normalmente cuando uno se acuerda de
lo que pasó, no siente amor.
Si yo recuerdo al que me hizo daño, ¿cómo voy a sentir amor por
él? Por eso digo que el perdón es misterioso, el perdón es profundo, ¿cómo
puedo recordarlo y amarlo? ¿Cómo puedo sentir amor por él sabiendo que pasó eso
que pasó?
La única respuesta es: “Puedo amar porque el amor crea”. El amor
es creador, es creativo y crea una situación nueva, una perspectiva nueva, una
mirada nueva; el amor hace que yo vea en el daño que me causaron una ventana
para asomarme a la miseria, a la enfermedad, a la necesidad, a la carencia del
otro.
Lo grande del amor es que me permite mirar, a través de mi
propia herida, la herida del otro. Este es el misterio sublime que encontramos
en la Cruz. El cuerpo de Jesús es llagado, es abierto por el látigo, por los
clavos, por las espinas, pero cuando se abre el cuerpo de Jesús, a través de
esas llagas, Jesús mira las llagas de los que le hacen daño.
Eso es lo grande de ese amor.
El perdón empieza cuando el amor me abre los ojos a la llaga del
otro que causó o que quiso causar una llaga en mí. Ahí está lo grande del
perdón.
Eso es lo que realiza Dios, sólo Dios puede hacerlo. Viene
Dios a nosotros y nos ilumina sobre la condición de aquellos que nos hicieron
daño; viene Dios a nosotros y nos muestra la necesidad, la enfermedad, la
carencia, la ignorancia.
Por eso Cristo oró diciendo: "Padre, perdónalos, porque no
saben lo que hacen" San Lucas 23,34. Es decir, Cristo miraba a través de su propia herida el
problema del otro y por eso pudo amar, ese es el amor grande.
Cuando llega Dios a nuestra vida entonces, hace milagros como
ese, el perdón es un milagro, es un milagro y es uno de los más bellos
milagros. La persona recuerda al otro, sabe de las miserias, sabe del problema
del otro, y a través de la herida que el otro le causó, mira la herida que
existe en ese otro hermano.
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