viernes, 16 de junio de 2017

Empieza

De aquí vamos a sacar dos enseñanzas para nosotros. Primera, fíjate como Dios sabe transformar las cosas malas en cosas buenas. José permaneció pegado a Dios, y Dios le transformó una desgracia terrible en una oportunidad magnifica; Dios no le cambió el corazón a los hermanos de José, ellos lo odiaban y Dios dejó que lo odiaran.
Dios, nuestro Dios, no es un Dios “mágico”, Dios no nos va a quitar los problemas por arte de magia, Dios no va a suprimir las luchas y los odios por arte de magia, pero, a través de esos mismos odios, a través de esas mismas luchas, Dios va abriendo un camino sorprendente, un camino inesperado.
¿A quién se le hubiera ocurrido que José, que estaba en la peor desgracia metido en ese algibe seco, y que luego lo sacaron para venderlo, a quién se le hubiera ocurrido, por Dios, que ese era el comienzo de una gran bendición para él?
Seguramente a nosotros no se nos hubiera ocurrido eso, seguramente nosotros hubiéramos dicho: "¡Pobre José! Ese es el resultado de toda su confianza en Dios; ¡pobre José! Ahí quedó probado que lo único que vale es la violencia; ¡pobre José! ¡ Y qué raza maldita esta raza humana que no sabe sino destruir a la gente!" Y hubiéramos dicho otras tonterías como esas.
No hay que hablar así, aunque veamos a José vendido como esclavo, humillado, injustamente tratado, vendido, traicionado, aunque veamos así a José, y José puede estar cerca de nosotros en estas casas, en estos barrios, en estos pueblos; aunque veamos a José así perseguido, injustamente tratado, nosotros no debemos hablar mal de Dios, ni hablar mal de la raza humana, ni hablar mal de la historia, ni de las circunstancias.
Porque no sabemos qué está preparando Dios y Dios sabe preparar sorpresas que nadie se imagina, esa es la gran enseñanza que tenemos que tomar nosotros: ¡no sabemos qué esté preparando Dios! Eso es lo grande, amar sabiendo que pasó lo que pasó. Por eso, no hay que pensar que lo mejor del perdón es el olvido, no. Lo mejor del perdón es amar sabiendo que pasó lo que pasó. Y aquí es donde viene lo misterioso, pero también lo grande del perdón, porque normalmente cuando uno se acuerda de lo que pasó, no siente amor.
Si yo recuerdo al que me hizo daño, ¿cómo voy a sentir amor por él? Por eso digo que el perdón es misterioso, el perdón es profundo, ¿cómo puedo recordarlo y amarlo? ¿Cómo puedo sentir amor por él sabiendo que pasó eso que pasó?
La única respuesta es: “Puedo amar porque el amor crea”. El amor es creador, es creativo y crea una situación nueva, una perspectiva nueva, una mirada nueva; el amor hace que yo vea en el daño que me causaron una ventana para asomarme a la miseria, a la enfermedad, a la necesidad, a la carencia del otro.
Lo grande del amor es que me permite mirar, a través de mi propia herida, la herida del otro. Este es el misterio sublime que encontramos en la Cruz. El cuerpo de Jesús es llagado, es abierto por el látigo, por los clavos, por las espinas, pero cuando se abre el cuerpo de Jesús, a través de esas llagas, Jesús mira las llagas de los que le hacen daño.
 Eso es lo grande de ese amor.
El perdón empieza cuando el amor me abre los ojos a la llaga del otro que causó o que quiso causar una llaga en mí. Ahí está lo grande del perdón.
Eso es lo que realiza Dios, sólo Dios puede hacerlo. Viene Dios a nosotros y nos ilumina sobre la condición de aquellos que nos hicieron daño; viene Dios a nosotros y nos muestra la necesidad, la enfermedad, la carencia, la ignorancia.
Por eso Cristo oró diciendo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" San Lucas 23,34. Es decir, Cristo miraba a través de su propia herida el problema del otro y por eso pudo amar, ese es el amor grande.
Cuando llega Dios a nuestra vida entonces, hace milagros como ese, el perdón es un milagro, es un milagro y es uno de los más bellos milagros. La persona recuerda al otro, sabe de las miserias, sabe del problema del otro, y a través de la herida que el otro le causó, mira la herida que existe en ese otro hermano.

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