Cuando
Dios se viene a vivir al corazón de una persona pero no por una noche, sino por
un tiempo, Dios empieza también a organizarlo, a decorarlo según la nueva
manera de ser, y empieza a quitar cosas y a poner otras, y traslada algunas, y
hace algún aseo, y le cambie de color; abre una ventana, pone una cortina, una
nueva luz, un nuevo aire.
La santidad de nosotros es el
resultado de ser habitados por la santidad de Dios. Cuando Él nos habita nos
hace semejantes a Él y nosotros vamos tomando el estilo de Él.
Empezamos a hablar más a su
manera que a la que nosotros creíamos nuestra, porque hasta ahora hemos llamado
nuestro lo que es quizás, desde todo punto, de capricho, fruto de la moda,
fruto de lo que se acostumbra o simple fruto de oponernos a otras personas, por
no darle el gusto a ellas.
Dios, en cambio, hace que
nosotros alcancemos nuestra verdadera belleza, nuestro verdadero ser; y cuando
el corazón va siendo transformado por ese Huésped Divino, que es el Espíritu
Santo, entonces resulta semejante a Dios, y ese es un santo, y como ese santo
tiene el corazón de Dios, obra con las otras personas como obraría Dios con
ellas, y eso es lo que nos ha contado el Evangelio.
Vamos a darle permiso en esta
Eucaristía, vamos a darle permiso a Dios de que cambie la decoración, de que
organice, pinte, limpie y cambie, y que nos haga semejantes Él.
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