viernes, 2 de junio de 2017

Sìgueme



San Juan, después de que Cristo se aparece a los Apóstoles ya resucitado; se aparece a los Apóstoles y realiza nuevamente un milagro de pesca milagrosa, es cuando Pedro arrastra hasta la orilla una red de ciento cincuenta y tres peces, y llegan allá a la orilla.
Dice el Evangelista: “Ninguno de los que estaban allí presentes le preguntó quién era, por que todos los que estaban allí sabían que era el Señor” San Juan 21,12.
Después de esa multiplicación, Jesús le pregunta a Pedro si le ama, le pregunta por tres veces, y después le encomienda el cuidado de las ovejas y de los corderos, y finalmente, le dice esta palabra: “Sígueme” San Juan 21,12.
La misma palabra que le había dicho al mismo Pedro meses, muchos meses atrás, alrededor, a la orilla de ése mismo lago.
Yo quisiera que ustedes pudieran captar la belleza de esto, yo quisiera que ustedes pudieran saborearan lo que significa, que al final de la vida de Jesús, la última palabra para Pedro es: “Sígueme” San Juan 21,19, y ya es Jesús resucitado, no es el Jesús que está iniciando el ministerio público, como cuando lo llamó la primera vez, es Jesús que está iniciando el ministerio cósmico.









El primer “sígueme” San Juan 21,19, era para reunir a las ovejas de Israel, este otro “sígueme” San Juan 21,22, es para reunir al universo entero, en Eucaristía, en alabanza, en la gloria de Dios Padre.
“Sígueme” San Juan 21,22, le dice Jesús a Pedro; "sígueme" San Juan 21,22, le dice el Cristo glorioso, y se va poniendo en camino, y Pedro se va con Jesús, detrás de Jesús.
Este Evangelista, el discípulo amado, Juan, empieza a caminar también; él ha sentido que la invitación para Pedro es también una invitación para él, y Pedro le pregunta a Jesús: “¿Y éste?" San Juan 21,21, refiriéndose a Juan, y ¿qué va a ser de la vida de Juan?
Sobre esa escena de Pedro, Juan y Jesús, hay una predicación tan hermosa de San Agustín, que cómo yo no la sé hacer mejor, entonces yo la repito, dice: “Pedro y Juan representan dos modos, dos vidas en la Iglesia; Pedro representa el trabajo que hay que hacer, el esfuerzo, la evangelización en esta tierra; Juan representa el amor, el descanso, la contemplación en Jesucristo”.
La praxis que le dice Jesús a Juan, o que dice Jesús refiriéndose a Juan es esta: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?” San Juan 21,21, eso le dice Jesús a Pedro.
San Agustín explica y dice: “Efectivamente, la contemplación de los misterios de Dios, en Jesucristo, permanecerá; la vida que representa Juan, esa vida de contemplación y de amor a Dios, eso permanecerá por amor, permanecerá en la Iglesia hasta el fin de los tiempos.
Es verdad que la Iglesia tendrá que esforzarse y ponerse en camino, como hizo Pedro; es verdad que tendrá que recorrer muchas cosas y cansarse, pero también es verdad, que mientras se cansa, descansa; que mientras camina ya ha llegado a algún lado; mientras avanza se encuentra ya en casa.
Esta Iglesia, este ministerio de predicación de la Iglesia, que trae fatiga, está al mismo tiempo alimentado por ese otro ministerio, en el que más que ser la Iglesia, quien sirve a Jesús, es Jesús quien sirve a la Iglesia, dándole consuelo, amor, abrazo, cariño, pan.
Son dos vidas en la Iglesia, y así el Evangelista Juan, termina su evangelio contándonos ese último testimonio. ¿Qué es lo que va a durar en la Iglesia? El amor, la contemplación, el anhelo de Jesús, todo aquello que representa ése Juan, que es el discípulo amado.
¿Qué va a cambiar en la iglesia? Pues algún día ya no tendremos que fatigarnos más con la predicación, no tendremos que buscar, como explica el mismo San Agustín: “¿Dónde hay pobres para alimentar o sedientos para darles de beber? sino que será Jesús el que sacie nuestra hambre y será Jesús el que nos dé de beber”.
Amigos, el es final también del Evangelio de Juan; Juan pertenecía a una comunidad que fue altamente contemplativa, profundamente mística unida a la Escritura.
Y los amigos que pertenecían a esa comunidad, que pertenecía Juan, dicen estas palabras: “Muchas otras cosas hizo Jesús, si se escribieran una por una, pienso que los libros no cabrían, ni en todo el mundo” San Juan 21,25.
Es una exageración, diría uno, pero no, no es una exageración; por que si nosotros relacionamos las dos lecturas, Jesús sigue obrando en sus discípulos, acuérdense de lo que dijimos de Lucas, él tiene una primera obra que es el Espíritu Santo en Cristo, y una segunda obra que es el Espíritu Santo en los cristianos, lo que nosotros llamamos el Evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles.
Pues bien, puesto que es Jesús el que vive, el que reina, por su Espíritu en nosotros los que creemos en Él, también son Hechos de Jesús cuando un predicador logra tocar el corazón de alguien, ese es otro Hecho de Jesús; cuando usted, en lo íntimo de su alma, levanta una alabanza a Dios Padre y le dice: “Abbá”, y le dice “Papá”, y lo glorifica, y lo bendice, ese también es un Hecho de Jesús.
Cuando usted con amor atiende al necesitado, cuando usted se convierte en maestro del niño, cuando usted se convierte en bastón del anciano, ese también es un hecho de Jesús y por eso, los hechos de Jesús son inmensos, son infinitos. Esta es una interpretación de ese texto.
Hay otra interpretación que también me gusta mucho: pensemos en qué fue lo que hizo Jesús, y pensemos en el sentido de lo que hizo Jesús; póngase usted a pensar en este detalle, esta no es la primera vez que se lee en la Iglesia este pasaje que estamos leyendo, se dice este pasaje, y el encargado hace una predicación.
Aunque los hechos de Jesús son limitados en su número, puesto que su vida fue finita, los hechos de Jesús, todo lo que Jesús es infinito en su sentido, infinito en su significado, infinito en su alcance, infinito en sus consecuencias.

Y eso también son hechos de Jesús, por eso dice que si escribieran una por una, los libros no cabrían ni en todo el mundo; porque si nosotros tomáramos esa actitud contemplativa, esa actitud amorosa ante la Palabra de Dios, también nosotros descubriríamos que cada pasaje de la Escritura, y especialmente cada palabra de la obra del Señor Jesucristo se convierte como en un manantial, del que brota y brota, enseñanza, luz, sabiduría, sanación para nosotros.

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