¡Es
tan linda esa expresión! Porque rojo que se vuelve blanco, significa dolor que
se vuelve gloria, Cruz que se vuelve Resurrección, padecer que se vuelve
celebrar. Rojo que se vuelve blanco, significa, que esa Sangre que Cristo
derramó por nosotros, esa Sangre que nuestra violencia arrancó e hizo brotar de
las venas de Cristo, es donación que el mismo Cristo ofrece para perdón
nuestro. Es decir, que la violencia de nosotros quedó bañada en la
sobreabundancia del amor divino.
Ese
es el tema de los colores. "-¿De qué color es el Corazón?"
"-Rojo". "-No, señor, no es solamente rojo. El Corazón de Cristo
tiene un color que se llama, rojo que se vuelve blanco".
El
rojo expresa también la vida de los sacramentos, y el blanco expresa muy bien
la presencia del Espíritu, la obra de la gracia. Cuando Cristo estaba en un
momento de intensísima unión de oración con el Padre, nos dice la Escritura en
el episodio de la Transfiguración: "Brillaba su rostro y sus ropas se
pusieron blancas como nadie las podría blanquear" (véase San
Mateo 9,2-3).
El
blanco es el color del Espíritu, es el color de la gloria, es el color de la
santidad. Rojo que se vuelve blanco, significa entonces, la vida de los
sacramentos y la vida de la gracia, la vida de la santidad.
Ese
es el Corazón de Jesucristo, y ésto es lo que queríamos decir sobre los
colores. Entonces ya sabe cuál es la respuesta: "-¿Cuál es el color del
Corazón de Cristo? ¿Es...?" "-Rojo que se vuelve blanco".
"¡Éso es! Eso sí está bien dicho. No es rojo y blanco; claro que en una
bandera, pues toca representarlo así: rojo y blanco. Pero es, rojo que se
vuelve blanco. ¡Rojo que se vuelve blanco!".
Otra
manera mística de interpretar, rojo que se vuelve blanco, es lo que sucede
entre la Cruz y la Eucaristía. La Cruz tiene todo el espanto de la Sangre. La
Eucaristía tiene todo el esplendor de la blancura, de la gracia, de la
santidad.
La Eucaristía es el mismo sacrificio de la Cruz,
pero sin el escándalo horripilante de la crueldad. "Cruor", de donde
viene la palabra "crudelis" en latín, o sea cruel, significa sangre
en latín. De manera que cuando nosotros contemplamos a Cristo en el Calvario, o
cuando adoramos a Cristo en la Eucaristía, se tiene el mismo misterio
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