viernes, 16 de junio de 2017




Sufrimiento, servicio, dar la vida. Estas tres palabras se entrecruzan, hacen como una trenza en el Evangelio.
Jesús habla de sufrimiento, la madre de los zebedeos habla de dinero, entonces Jesús habla de cáliz, y habla del servicio, y habla de dar la vida.
Sufrimiento, servicio, dar la vida. Queremos servir pero sin sufrir; servir pero, que se nos agradezca; servir y que se vea el servicio, tal vez no que nos agradezcan, pero que se vea el servicio, que dé fruto, pero servir y sufrir, difícilmente. Esto nos muestra que Jesús tenía una enseñanza para todo el mundo, pero también tenía sucesos y palabras muy especiales, muy particulares para los discípulos. Esto no quiere decir que una parte de la doctrina de Cristo debía quedar escondida como esas religiones que tienen doctrinas ocultas, esotéricas, extrañas, que usualmente se supone mágicas.
Jesús tenía enseñanzas especiales para los discípulos, pero también les dijo: "Lo que yo os estoy enseñando en privado, un día tendréis que gritarlo desde las azoteas" San Mateo 10,27.
Es decir, que Jesús tenía enseñanzas muy particulares para los discípulos, pero esas enseñanzas no eran para que quedaran siempre ocultas, sino que la misión particular de Cristo requería que se diera una preparación especial de su grupo de testigos que luego iba a decirle a todo el mundo: "El que murió es el mismo que resucitó" Hechos de los Apóstoles 5,30.
 Jesús que llama en forma particular a los discípulos para darles una enseñanza, para decirles una especie de secreto, una confidencia de amigo, porque los secretos no son para todos, los secretos son para los amigos.
Jesús trata a sus discípulos como amigos, los llama a una intimidad mayor con Él y les cuenta algunos secretos. Y este evangelio de hoy tiene muchos secretos de Cristo. En la primera parte del evangelio aparece la conciencia, la certeza que Cristo tenía de su destino final.
Cristo llama a los discípulos y les cuenta por anticipado cuál va a ser su destino: "al Hijo del hombre lo van a rechazar, lo van a juzgar, lo van a entregar en manos de los paganos y va a ser torturado y va a morir; pero después resucitará" San Mateo 20,18-20. Mostrándonos tan abiertamente su propio destino, Cristo Jesús estaba haciendo muchas cosas en el corazón de aquellos discípulos.
En primer lugar, quería corregir esa tentación que ellos siempre tuvieron: la tentación de imaginarse el amanecer del Reino de Dios como un éxito social, político que se suponía que los iba a poner a ellos en los cargos de gran importancia, porque ya vemos que incluso dos de los discípulos más queridos, Santiago y Juan andaban buscando estos primeros puestos.
Cristo quería corregir esa ambición mostrándoles que el destino de Él no era el de los grandes poderíos, el de los grandes aplausos, sino más bien el destino del oprobio, del rechazo. De ese modo quería corregir en ellos esas pretensiones de poder y de gloria humana.
Por otra parte, hablándoles así, Jesús los estaba preparando, porque definitivamente el acontecimiento de la Cruz, por más palabras y por más explicaciones que nos den, la Cruz es un gran misterio, es un enigma que reta a nuestra inteligencia, que nos deja desconcertados y tal vez desanimados.

Jesús, hablándoles varias veces sobre ese destino y mostrándoles que después de la muerte viene la resurrección, estaba curando en ellos ese escándalo que debía de causarles la Cruz.

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