domingo, 25 de junio de 2017

Seducir

DEJÉMONOS SEDUCIR
sedujiste, Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste»
«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir»... Así habla el Profeta.
Esta palabra suya de ahora no es el relato historia de su vocación, sino la explicación única que él puede darse a sí mismo para descifrar el misterio de su vida, el porqué de su ministerio profético; es la razón de su quehacer, de su vivir, de su luchar, de su sufrir: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste».
San Pablo habla con lenguaje que es a la vez lenguaje de amor y lenguaje de poder; de un amor que se vale del poder para provocar una respuesta. Y el hombre responde: «Me dejé seducir... me venciste».
Es la historia de Jeremías y es la de muchos otros profetas que, en aquel tiempo o en éste, han escuchado el llamado, la invitación. 

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