El pecado se transmite no en cuanto a la culpa sino en cuanto a la pena. En cada pecado o en los pecados hay dos aspectos: la culpa y la pena.
La culpa es el torcimiento de la voluntad, la desfiguración de nuestro corazón, de nuestra alma que se rebela contra Dios, esta es la culpa. La pena es la consecuencia que la culpa trae, el efecto que tiene, en primer lugar, en la misma persona, dañándola, y luego en su relación con Dios, con sus hermanos, con la naturaleza, con el mundo.
El pecado requiere que haya voluntad, y la voluntad sólo se desarrolla cuando se desarrolla progresivamente el uso de razón; pero la pena del pecado sí se experimenta desde el primer momento.
El egoísmo, la envidia, el maltrato, la falta de amor, la falta de oración, la falta de unión con Dios, son lamentablemente el ambiente espiritual, así como es el aire para los pulmones el aire espiritual con el que nosotros llegamos a esta tierra.
Lo que se transmite del pecado original es esa pena, es decir, la consecuencia del pecado de nuestros primeros padres, pero también la consecuencia de los pecados de la humanidad.
Lo maravilloso de esta lectura de San Pablo, si tal es la situación en la que se encuentra el ser humano cuando llega a esta tierra, hay que decir que nosotros en Cristo tenemos una victoria mayor; este es el pasaje en el que San Pablo dice: "Si abundó el pecado, mayor será la gracia" Carta a los Romanos 5,20.
Así como las llagas de Cristo, son llagas de nuestro egoísmo, de nuestra crueldad, pero son llagas que testimonian la belleza del amor de Dios, así también todo pecado, también tu pecado y mi pecado, así también asumido en la redención de Jesucristo, grita y clama piedad, poder, amor de Dios.
Por eso es mayor la gracia que el pecado, porque la gracia es tal, que convierte al pecado en un lenguaje de misericordia, ¿y por que? Porque cada corazón perdonado se convierte en un himno a la piedad de Dios; porque cada corazón arrepentido, cada corazón sanado, se convierte en una poesía que describe cómo fue bueno Dios, por esto es mayor la gracia que el pecado.
Gocemonos de la incalculable fuerza del amor de Dios.
Reservemos lo mejor de nuestra admiración para el poder de ese amor que sabe sacar bienes incluso de los males.
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