martes, 15 de octubre de 2013

Misterio

 
 La imagen de Cristo Buen Pastor; la Iglesia como madre y maestra nos invita a profundizar el don y misterio; un don que brota del corazón del Padre que hace de su Hijo Único, Sacerdote y Víctima y, es también, un misterio porque está íntimamente unido a la economía de nuestra salvación. El sacerdocio de Cristo se proyecta y se prolonga a lo largo de la historia de la humanidad «hasta que el Señor vuelva», gracias a la institución del sacerdocio ministerial. Cristo llama a hombres para asociarlos a su sacerdocio, los consagra y les permite ser prolongación suya para que las bondades de la gracia redentora llegue a todos los hombres y mujeres de este mundo. Por lo tanto, y como consecuencia de esta profundización sobre un don tan grande brota la oración que se dirige a Nuestro Señor para que siga sembrando y llamando a los que serán sus representantes aquí en la tierra.

Se desea fomentar en los seminarios, en las parroquias y, sobre todo, en los grupos juveniles como también en los hogares cristianos, ese deseo de conocer mejor en su integridad el sagrado ministerio sacerdotal, «profundizar» para que brote como una exigencia del corazón cristiano la oración a Jesucristo, Pastor bueno, que los llamados por Él a seguirle se sientan interpelados y con ánimo generoso lo dejen todo y le sigan. Seguir a Jesucristo en el sacerdocio i qué gran cosa! iqué gran compromiso!, más haciendo nuestra la experiencia de San Pablo, también nosotros decimos: «Sé de quien me he fiado».

A ti chico, a ti chica- fíate de Jesús, si Él te llama por el camino del sacerdocio o de la consagración religiosa: FÍATE DE ÉL, a propósito lo escribo en mayúsculas porque no puede haber cosa más grande que dar la vida por Jesús y Él dar la suya por ti y por los hermanos.

 Benedicto XVI decía a los seminaristas de todo el mundo: «Queridos amigos, esto es el misterio de la llamada de la vocación; misterio que afecta a la vida de todo cristiano, pero que se manifiesta con mayor relieve en los que Cristo invita a dejar todo para seguirlo más de cerca. El seminarista vive la belleza de la llamada en el momento que podríamos definir de «enamoramiento». Su ánimo, henchido de asombro, le hace decir en la oración: Señor, ¿por qué precisamente a mí? Pero el amor no tiene un «por qué», es un don gratuito al que se responde con la entrega misma» ( Discurso de Benedicto XVI, homilía a los seminaristas }M}, Colonia, 19.08.05).

«El amor no tiene un por qué». Sí, efectivamente, el amor sólo se entiende en la dinámica del amor, cuando uno se entrega por amor entiende la llamada en la forma y en la manera que Dios ha previsto para uno. Nuestro amado y muy recordado Juan Pablo II fue, con su vida, un fuerte testimonio de que el amor no tiene un por qué; amó al mundo por Cristo hasta el final. Quiera el Dueño de la mies que, tanto los que ya hemos descubierto nuestra vocación como los que están en vía de descubrir un mar sin orillas, no olvidemos lo grandioso de vivir para Cristo sirviendo a los hermanos y al mundo.

Agradeciendo a Nuestro Señor ya su Madre Santísima, solicitamos que Él haga realidad tantos sueños e ilusiones que servirán para que el mundo sepa que Jesús nos ha amado con locura

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