jueves, 10 de octubre de 2013

Fecunda

Este evangelio nos habla de dos maneras de amar. La mujer aquella del gentío le hace un elogio a Cristo, y en cierto modo a la Madre de Cristo: "Dichosos el vientre que te llevó y los pechos que te criaron" San Lucas 11,27. Es un elogio, un cumplido para Jesús y para la Madre de Jesús; por consiguiente, es una expresión de amor.
 Una carne bienaventurada, es la del cuerpo de la Santísima Virgen María. En ese sentido la felicitación que hizo aquella mujer entre el gentío, queda reducida a esa carne. Es algo que nosotros no podemos participar.
Jesús cambia el elogio: "Mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen" San Lucas 11,28. Con el cambio que hace Jesucristo, cambia también el estilo de amor y cambia también la dimensión de la felicidad.
Cambia el estilo de amor, porque ahora lo fundamental no está en la carne sino está en la escucha de esa Palabra que tiene que hacerse carne en nosotros. Cambia la dimensión de la felicidad, porque si antes estaba reducida a una sola persona, la Mamá de Jesús, según la carne, ahora esa felicidad ha sido ampliada, está al alcance, podemos decir, de todos nosotros.
Cuando Jesús hace esta corrección, o cuando mejora este elogio, ciertamente no está descartando a María, no está dejándola de lado. Está mostrando cuál es la verdadera causa de la felicidad de Ella.
La causa, la raíz de esa felicidad, no está en el cuerpo sino está en ese Corazón que supo escuchar la Palabra de Dios y que supo obedecerla. Así que lo que Cristo hace no es dejar de lado a María, sino mostrar en dónde está la verdadera raíz, la verdadera causa de la felicidad de Ella.
La mujer que hizo el elogio dijo dos cosas: "Dichoso el vientre y dichosos los pechos" San Lucas 11,27. También Jesús dice dos cosas: "Dichosos los que escuchan y dichosos los que cumplen la Palabra de Dios" San Lucas 11,28.
El vientre de la mujer es por supuesto el lugar donde se concibe la vida, la vida humana, y los pechos de la mujer son los que alimentan, son los que crían, los que fortalecen esa vida. El bebé pequeñito, alimentado por la leche materna, crece y se hace fuerte. El vientre es el lugar donde comienza la vida; los pechos los lugares donde crece y se fortalece la vida.
Jesús cambia las palabras Dice: "Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios" San Lucas 11,28. Porque, escuchando la Palabra de Dios le damos un vientre, la recibimos, la concebimos.
 San Pablo. Con motivo de la fiesta de San Luis Beltrán leímos un texto de la Carta a los Romanos. Y en ese texto dice San Pablo: "La fe viene de escuchar la Palabra" Carta a los Romanos 10,17.
El escuchar la Palabra es como concebir el plan de Dios en nosotros, es como recibir la semilla. Como la mujer en su vientre recibe la semilla que le permite concebir y ser fecunda, así también nosotros, al escuchar la Palabra, nos volvemos fecundos de Dios.
Jesús dice: "Dichosos los que cumplen esa Palabra" San Lucas 11,28. Dándole crédito a esa Palabra de Dios, poniendo nuestra confianza en ella, obedeciéndola con sincero corazón, esa Palabra crece con nosotros, toma cuerpo y se hace fuerte.
 Si la mujer dice: "Dichoso el vientre y dichosos los pechos" San Lucas 11,27, Jesús dice: "Dichosos los que se convierten en un vientre para concebir la Palabra de Dios, para recibirla y hacerse así fecundos".
Y si la mujer ha dicho: "Dichosos los pechos" San Lucas 11,27, Jesús dice: "Dichosos los que cumplen la Palabra de Dios" San Lucas 11,28. Porque, dándole de su propia vida, dándole de su propio crédito, están fortaleciendo la presencia de Dios en ellos.
María concibió y María crió a Jesucristo. También nosotros estamos llamados a concebir a Jesucristo y a criarlo. El mismo Espíritu Santo que obró en María, obra en nosotros.
María es no solamente Madre nuestra en el orden de la gracia, sino es el modelo que todos, hombres y mujeres, hemos de seguir. Hombres y mujeres tenemos que hacer ésto que nos ha dicho Cristo: recibir esa Palabra, concebirla en nosotros, alimentarla y fortalecerla a medida que la cumplimos.
Porque, en la medida en que cumplimos esa Palabra, ella se hace fuerte en nosotros. O dicho de otra manera, la mujer aquella del gentío, una mujer cuyo nombre no se nos dice, habla de una sóla Mujer, de María. Pero, Jesús no quiere nacer de una sóla mujer. Jesús quiere nacer de cada uno de nosotros.
Jesús quiere habitar en cada uno de nosotros, Jesús quiere crecer en cada uno de nosotros. Bien nos dice el Apóstol San Pablo que la meta de la evangelización es: "Que Cristo sea todo en todos" 1 Corintios 15,28, que Cristo lo llene todo, que Cristo esté presente en todo y en todos.
San Pablo dijo en otra oportunidad: "Ya no vivo yo; es Cristo quien vive en mí" Carta a los Gálatas 2,20. Cuando San Pablo dijo esas palabras, es porque Cristo había sido recibido en el corazón de Pablo, y había crecido en el corazón de Pablo.
Y Cristo había llenado la vida de San Pablo hasta el punto de que ya no vivía Pablo; ya vivía solamente Cristo. En el caso del Apóstol San Pablo, se cumplía lo que dijo aquí el evangelio. Jesús había nacido en ese corazón, había crecido en esa vida.
¡Qué evangelio tan precioso!: un evangelio hermoso, para saber cómo amar mejor a María, y un evangelio precioso, para imitarla, haciendo nuestra vida cristiana más completa, hermosa, perfecta y fecunda.

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